Las encuestas habían pronosticado que la elección presidencial de Colombia se dirimiría en una segunda vuelta y así será. La «sorpresa» es, contra lo anticipado, que el ministro de Defensa y principal candidato uribista, Juan Manuel Santos, quedó en una posición de fortaleza tal, que, todo indica, hará del balotaje del 20 de junio una mera formalidad antes de su acceso al poder.
La «ola verde» de Antanas Mockus alcanzó con lo justo para forzar la formalidad de una segunda vuelta pero, a fin de cuentas, golpeó la costa y se retiró mar adentro con la misma llamativa velocidad. ¿Falla de los encuestadores, aun de los más próximos al uribismo? ¿Qué pasó en realidad?
Desde la óptica del ciudadano, una cosa es pensar un voto, ponderarlo, «coquetear» con una opción refrescante o renovadora, y otra muy diferente convertirlo en un hecho activo a la hora de depositarlo en una urna. Mockus, como ex alcalde, era una opción de gobernabilidad potable, pero su impronta excéntrica parece haber sido demasiado para un electorado que, en la medida en que sigue muy atravesado por el drama de la seguridad, tanto en lo que se refiere a las guerrillas como al narcotráfico violento y hasta al delito común, volvió a activar sus reflejos más conservadores. ¿Y si es demasiado pronto para cambiar?, parece haber sido la pregunta decisiva. La «excentricidad» del candidato verde va mucho más allá de que se haya casado en un circo, de que les haya mostrado el trasero en alguna oportunidad a sus adversarios o que haya impuesto en sus tiempos de alcalde un día anual de toque de queda para hombres, dejando a Bogotá en paz total y liberada a la alegría y la trasnochada de las mujeres. Incluso a su carácter de matemático y filósofo, inusual para un político profesional, o a su ascendencia lituana. Las mismas bondades de su discurso, favorables a una política aséptica, moderada, de combate más cultural que militar a la guerrilla, en suma, de purismo democrático, parecen haber sido evaluadas a la hora de la verdad por una porción decisiva de los votantes como más adecuadas para un país del Primer Mundo o para una utópica Colombia futura que para el borrascoso presente.
Desde aquí nos hemos preguntado durante la campaña por las causas de la dificultad de Álvaro Uribe, un presidente con un impactante apoyo popular, para transferir esos guarismos a su delfín. A falta de sondeos que siguieran las tendencias del electorado en las dos últimas semanas, la votación de ayer puso las cosas en su lugar. La sumatoria de los votos obtenidos por Santos, por Germán Vargas Lleras, un ex senador militante del ala más radical del uribismo, y por la conservadora Noemí Sanín se acercan notablemente al nivel de popularidad del mandatario saliente, ubicado, según las últimas encuestas, en un 68%.
Así las cosas, una mayoría suficiente encumbró a Santos, responsable político inmediato desde la cartera de Defensa de lo mejor y lo peor hecho en la lucha contra las FARC y los otros grupos terroristas, desde la ultraizquierda hasta la ultraderecha.
En una mano, notoria mejora de la seguridad en las ciudades, retracción militar y territorial de los grupos armados, descabezamiento de las cúpulas guerrilleras, desmovilización parcial de paramilitares. Pero en la otra, graves violaciones a los derechos humanos, «falsos positivos» (campesinos masacrados y presentados como terroristas por las fuerzas de seguridad para cumplir con los objetivos de «eficiencia» impuestos por el poder político), conatos bélicos con países vecinos y participación en un campo político gravemente atravesado por la connivencia con los paramilitares, la corrupción y el espionaje masivo desde el aparato de Estado. Una pregunta más: ¿cuánto habrá influido en el resultado la imagen de un Mockus demasiado ambiguo, bienintencionado y hasta ingenuo ante un Hugo Chávez detestado por la mayoría de los colombianos?
El salto de Uribe a Mockus puede haber sido evaluado como demasiado arriesgado para el electorado que coqueteó con la idea, pero desistió a último momento. Sin embargo, cuando sea formalmente consagrado, Santos se equivocará dramáticamente si subestima aquel flirteo. Los costos en materia de derechos humanos y civiles de la política de «seguridad democrática» han quedado en evidencia como demasiado elevados para una sociedad que gusta verse democrática y moderada.
Además, las mejoras en materia de seguridad dejaron a la intemperie otros aspectos de la agenda colombiana, hasta ahora velados y, de la mano de los costos presupuestarios de mantener un Estado en armas, atizados por la guerra interna. Son el desempleo del 13%, el empleo informal o precario del 60%, la pobreza del 45% y la aguda inequidad social como base inequívoca del conflicto interno y la inseguridad. Temas para los que, si bien Mockus no ofreció en la campaña soluciones demasiado diferentes de las planteadas por el uribismo, el proceso electoral aportó visibilidad.
Esos temas serán parte ineludible de la agenda futura de una sociedad cansada de guerra, secuestros y barbarie. De una sociedad que quiere ver algo más parecido a un país normal cuando toma coraje y decide mirarse al espejo.
La «ola verde» de Antanas Mockus alcanzó con lo justo para forzar la formalidad de una segunda vuelta pero, a fin de cuentas, golpeó la costa y se retiró mar adentro con la misma llamativa velocidad. ¿Falla de los encuestadores, aun de los más próximos al uribismo? ¿Qué pasó en realidad?
Desde la óptica del ciudadano, una cosa es pensar un voto, ponderarlo, «coquetear» con una opción refrescante o renovadora, y otra muy diferente convertirlo en un hecho activo a la hora de depositarlo en una urna. Mockus, como ex alcalde, era una opción de gobernabilidad potable, pero su impronta excéntrica parece haber sido demasiado para un electorado que, en la medida en que sigue muy atravesado por el drama de la seguridad, tanto en lo que se refiere a las guerrillas como al narcotráfico violento y hasta al delito común, volvió a activar sus reflejos más conservadores. ¿Y si es demasiado pronto para cambiar?, parece haber sido la pregunta decisiva. La «excentricidad» del candidato verde va mucho más allá de que se haya casado en un circo, de que les haya mostrado el trasero en alguna oportunidad a sus adversarios o que haya impuesto en sus tiempos de alcalde un día anual de toque de queda para hombres, dejando a Bogotá en paz total y liberada a la alegría y la trasnochada de las mujeres. Incluso a su carácter de matemático y filósofo, inusual para un político profesional, o a su ascendencia lituana. Las mismas bondades de su discurso, favorables a una política aséptica, moderada, de combate más cultural que militar a la guerrilla, en suma, de purismo democrático, parecen haber sido evaluadas a la hora de la verdad por una porción decisiva de los votantes como más adecuadas para un país del Primer Mundo o para una utópica Colombia futura que para el borrascoso presente.
Desde aquí nos hemos preguntado durante la campaña por las causas de la dificultad de Álvaro Uribe, un presidente con un impactante apoyo popular, para transferir esos guarismos a su delfín. A falta de sondeos que siguieran las tendencias del electorado en las dos últimas semanas, la votación de ayer puso las cosas en su lugar. La sumatoria de los votos obtenidos por Santos, por Germán Vargas Lleras, un ex senador militante del ala más radical del uribismo, y por la conservadora Noemí Sanín se acercan notablemente al nivel de popularidad del mandatario saliente, ubicado, según las últimas encuestas, en un 68%.
Así las cosas, una mayoría suficiente encumbró a Santos, responsable político inmediato desde la cartera de Defensa de lo mejor y lo peor hecho en la lucha contra las FARC y los otros grupos terroristas, desde la ultraizquierda hasta la ultraderecha.
En una mano, notoria mejora de la seguridad en las ciudades, retracción militar y territorial de los grupos armados, descabezamiento de las cúpulas guerrilleras, desmovilización parcial de paramilitares. Pero en la otra, graves violaciones a los derechos humanos, «falsos positivos» (campesinos masacrados y presentados como terroristas por las fuerzas de seguridad para cumplir con los objetivos de «eficiencia» impuestos por el poder político), conatos bélicos con países vecinos y participación en un campo político gravemente atravesado por la connivencia con los paramilitares, la corrupción y el espionaje masivo desde el aparato de Estado. Una pregunta más: ¿cuánto habrá influido en el resultado la imagen de un Mockus demasiado ambiguo, bienintencionado y hasta ingenuo ante un Hugo Chávez detestado por la mayoría de los colombianos?
El salto de Uribe a Mockus puede haber sido evaluado como demasiado arriesgado para el electorado que coqueteó con la idea, pero desistió a último momento. Sin embargo, cuando sea formalmente consagrado, Santos se equivocará dramáticamente si subestima aquel flirteo. Los costos en materia de derechos humanos y civiles de la política de «seguridad democrática» han quedado en evidencia como demasiado elevados para una sociedad que gusta verse democrática y moderada.
Además, las mejoras en materia de seguridad dejaron a la intemperie otros aspectos de la agenda colombiana, hasta ahora velados y, de la mano de los costos presupuestarios de mantener un Estado en armas, atizados por la guerra interna. Son el desempleo del 13%, el empleo informal o precario del 60%, la pobreza del 45% y la aguda inequidad social como base inequívoca del conflicto interno y la inseguridad. Temas para los que, si bien Mockus no ofreció en la campaña soluciones demasiado diferentes de las planteadas por el uribismo, el proceso electoral aportó visibilidad.
Esos temas serán parte ineludible de la agenda futura de una sociedad cansada de guerra, secuestros y barbarie. De una sociedad que quiere ver algo más parecido a un país normal cuando toma coraje y decide mirarse al espejo.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

