El caso del ataque comando a una flota que llevaba ayuda humanitaria a Gaza volvió a poner a Israel en el centro de las acusaciones. No podía ser de otra manera dada la brutalidad del método empleado, el hecho de que el abordaje se haya producido en aguas internacionales, lo inexplicable de los objetivos que persiguió y la nueva demostración de ceguera política de buena parte de una dirigencia que en pocas décadas convirtió un Estado joven y respetado en el villano preferido de la comunidad internacional.
¿Qué le pasa a Israel?, es la pregunta.
¿Qué le pasa cuando coloniza tierras palestinas, inviabilizando cada día y con cada decisión, el Estado, mínimo, que pueda emerger alguna vez como su vecino?
¿Qué le pasa cuando debate qué hacer con la inmensa población árabe que lo rodea (y que vive dentro de sus fronteras), autoimponiéndose un rol colonial e imperialista materialmente insostenible y moralmente inexcusable?
¿Qué le pasa cuando se resiste a comprender que todas sus últimas acciones bélicas, a gran escala como en el Líbano en 2006 o en Gaza entre enero de 2008-2009, o a pequeña, como en el operativo que nos ocupa, terminan en verdaderos desastres humanitarios, políticos y hasta militares?
¿Qué le pasa cuando rechaza una y otra vez la mano de su mayor aliado internacional, Estados Unidos, incomodando a su Presidente con continuos hechos consumados?
¿Qué le pasa cuando malversa, como en este caso, atacando barcos y ciudadanos de Turquía, una relación privilegiada con su único aliado real en el mundo musulmán?
Entender la mentalidad de la clase dirigente israelí y de buena parte de su población no es difícil, aunque parezca lo contrario. Mucho de lo anterior se deriva de una pregunta retórica que se escucha muy comúnmente en ese país: ¿dónde estuvo el mundo durante el Holocausto?
Se trata de una buena pregunta. En buena medida, el mundo no reaccionó a las amenazas nazis de genocidio hasta que el hitlerismo incendió Europa con la guerra, afectando ya no los derechos humanos de los judíos sino intereses nacionales concretos. El mundo no fue, en muchos casos, acogedor para los exiliados que huían de Alemania. El mundo estuvo ausente cuando Estados Unidos y el Reino Unido se negaron a bombardear las vías férreas que trasladaban a las inminentes víctimas del genocidio a los campos de exterminio, alegando que ése no era un objetivo militar prioritario.
Esa culpa compartida por muchos a nivel internacional derivó, pasada la guerra, en la decisión de permitir el establecimiento de un Estado judío en Palestina. Como decía Hannah Arendt, sin derechos nacionales no hay derechos humanos. Lo probaron amargamente los judíos; lo prueban cada día los palestinos.
Una vez más, el mundo “dejó hacer”. Las matanzas de unos a otros, y viceversa, han sido moneda corriente desde entonces. Israel prolongó su prestigio como país víctima del terrorismo por bastante tiempo, durante el que viró de país fundado por socialistas europeos y, por ende, sospechoso a los ojos de unos Estados Unidos obsesionados con el comunismo en la Guerra Fría, a aliado incondicional de Washington.
¿Dónde estuvo el mundo durante el Holocausto?, decíamos. Ausente, contestamos. Esto generó en la sociedad israelí una tendencia creciente a despreciar el impacto internacional de sus acciones, un demérito arrogante a lo que digan los de afuera. “Sólo nosotros podemos defendernos a nosotros mismos”, es la idea general. Cueste lo que cueste y con la sola justificación de la efectividad. Las opiniones externas, las consideraciones por los derechos humanos, no importan. La ocupación y la tortura se hicieron legales y aceptables mientras los colectivos volaban por los aires con los atentados de los hombres bomba.
Los límites morales se esfumaron a la hora de lidiar con el problema terrorista, y con la causa nacionalista palestina en general.
Los más duros se apropiaron del discurso social, situación que se refleja hoy en la incorporación a la alianza gobernante, junto a Benjamín Netanyahu, del partido extremista de Avigdor Lieberman. Éste, impulsor de políticas vergonzosamente antiárabes, fue nombrado nada menos que canciller, esto es el hombre encargado de dialogar con el mundo. Todo un síntoma.
El proceso negociador de los 90, inaugurado en los acuerdos de Oslo, fue una esperanza concreta para alterar ese estado de cosas. Intransigencias propias y ajenas, y el asesinato de Isaac Rabin terminaron de abortarlo.
La deriva enloquecida siguió su curso. El aislamiento ya es patético: ni la Casa Blanca soporta los desplantes de Israel, la relación otrora privilegiada está hoy en su punto más bajo en décadas. Israel entorpece la reconciliación de Estados Unidos con el mundo islámico después de la deplorable era Bush. Israel boicotea el proceso de paz al reforzar la colonización en Jerusalén oriental. Israel dinamita el vínculo con Turquía, único país musulmán de la OTAN. Israel empuja hacia las decisiones más drásticas el conflicto nuclear con Irán. Israel atiza un conflicto que es ya, antes que nada, una fábrica de terrorismo. Israel no escucha nada ni a nadie.
Durante ese largo proceso, las voces extremas se fueron haciendo cada vez más estentóreas y se apropiaron de la voz del «judaísmo». Algo que se replicó en la diáspora. No hay lugar para disidencias y todo crítico de lo que hace Israel tiene sólo dos opciones: resignarse a que se lo considere un antisemita si no es judío o un traidor si lo es.
No ignoro que mucho de lo que se presenta por allí como antisionismo no es más que judeofobia pura y dura. Con los años uno se hace experto en la materia. Tampoco, que estamos hablando del país más castigado del mundo por el terrorismo, fenómeno que no hace más que alimentar con sus prácticas. Pero no puedo consentir que se descalifique así a todas las voces críticas. Y tampoco la acusación cínica de «traidor» me va a llevar a ser complaciente con la barbarie.
Aunque los ultras se hayan apropiado de nuestras voces, aunque extorsionen nuestra opinión libre, somos muchos los judíos que pensamos así. Acaso somos mayoría.
Recordemos que, así como los judíos mantuvieron sus legítimos derechos nacionales a través de los siglos y milenos, lo mismo corre para los palestinos. Y no habrá injusticia, olvido o violencia que cambie eso.
Es hora de que alguien le imponga a Israel la racionalidad que tan lamentablemente ha perdido. Empecemos a intentarlo nosotros mismos.
¿Qué le pasa a Israel?

