“Haga los deberes que le imponen desde fuera y cuando lleguen los Presupuestos y no pueda sacarlos adelante, convoque a elecciones, que es lo que espera y necesita este país”, le disparó en nacionalista catalán Josep Antoni Duran i Lleida a José Luis Rodríguez Zapatero en la sesión parlamentaria del 27 de mayo. Y el hombre, parece, puso manos a la obra.
El presidente del Gobierno español se cansó de negociar con los sindicatos su proyecto de reforma laboral (o el proyecto del FMI, que es lo mismo), y decidió imponer un ultimátum: el 16 de junio. Con o sin acuerdo, dijo. Suponemos que será sin él, y con un paro general en ciernes.
Hasta ahora el gobierno había hablado de sacar el proyecto a través de una negociación y daba todo junio como plazo tentativo. Es más, aseguraba que la mejor reforma sería la que tuviera mayor respaldo. Todo eso ha quedado superado. Además, el día 16 parece entregar mejores augurios. Es que ese día debutará España en el Mundial, y el mal trago resultará más fácilmente digerible en la repercusión mediática (ojo, que no pierda, a ver si suma mal humor).
Además, será la víspera de la reunión de la Unión Europea en la que, así las cosas, se santificará el ajuste aplicado por el gobierno socialista.
La reforma laboral, recordemos, apuntará a reducir las indemnizaciones por despido, descentralizar las negociaciones salariales para debilitar la posición sindical y terminar con la indexación de los sueldos de acuerdo con la inflación. Adiós al bienestar y a un discurso creíble del centroizquierda español por un largo tiempo. El abaratamiento del costo español se dará brutalmente a través de los salarios.
¿Quedará saldado entonces el trabajo de Rodríguez Zapatero? ¿O tendrá aún sobrevida para profundizar la receta?
Debe ser difícil ser socialista hoy en España.