Mucho. El esquema arrba descripto de desregulación, corrupción de funcionarios y doble lealtad de las calificadoras de riesgo también hizo posible el desastre de BP.
The Wall Street Journal, un medio insospechable de animosidad contra las grandes empresas, reveló que el Minerals Management Service, el minúsculo organismo de control de la poderosa industria petrolera estadounidense, fue cediendo de modo creciente su rol de supervisor de las condiciones de seguridad de las perforaciones marinas a las propias empresas. Así, continúa el WSJ, el MMS identificó problemas potenciales de seguridad en numerosas ocasiones pero no hizo nunca su seguimiento y, en cambio, confió a la propia industria las soluciones. No sorprende así, que el director ejecutivo de BP, Tony Hayward, haya admitido esta semana que «es indudablemente cierto que no teníamos las herramientas» para lidiar con las consecuencias de un accidente que hace que se derramen en el mar 19.000 barriles de petróleo cada día sin que hasta el momento haya una solución no ya a la marea negra sino a su exponencial crecimiento diario.
Como resultado de esas revelaciones, el director del MMS, Chris Oynes, y la directora, Elizabeth Birnbaum, debieron renunciar.
El propio Barack Obama señaló que el MMS es un organismo “corrupto” y “permisivo”, a la vez que denunció la “escandalosamente estrecha relación” entre empresas y reguladores. Golpeado políticamente, debió suspender por seis meses su plan de exploraciones off-shore, que había presentado como clave para que Estados Unidos gane independencia energética y que lo había enfrentado a los grupos ecologistas. Costos y más costos.
Mientras, observadores hablan de regalos, viajes, invitaciones y hasta coimas por parte de las empresas del sector a sus reguladores. ¿Nos suena por estos lares?
Sí, claro, lo mismo que la tendencia, llevada al paroxismo por Bush pero de ningún modo privativa de su gestión, de que personas vinculadas a sectores concentrados de la actividad privada ocupen cargos estatales en organismos de regulación y/o que, al dejar la función pública, pasen otra vez a atender en el otro mostrador. Bancos centrales, supervisión de petroleras, intereses varios, todo eso queda revuelto en el mismo lodo. Acá y allá.
Para ir terminando volvamos a las nunca bien ponderadas (valga la ironía) calificadoras de riesgo. Dado que el accidente se produjo el 20 de abril, uno se pregunta qué clase de reflejos tiene esta gente que recién ayer, 3 de junio, Fitch y Moody’s rebajaron, muy módicamente, la nota de BP. Sobre todo cuando, si se toma en cuenta lo previsto por Credit Suisse: los costos en concepto de juicios y limpieza podrían elevarse a u$s 27.000 millones para la petrolera británica. Y, obvio, este cálculo es parcial, dado que el derrame sigue sin controlarse.
Como muestra de lo repudiable de la conducta de Fitch y Moody’s, cabe consignar que el mismo día en que tomaban su tímida decisión, que supuestamente debe poner en guardia a los inversores en acciones y papeles de deuda de las compañías, The New York Times daba cuenta del desconcierto y del dramatismo de la situación ambiental al hacerse eco en su portada de un debate entre especialistas sobre la posibilidad de que el derrame sólo pueda ser controlado mediante ¡una explosión nuclear! Claro, el gobierno de Estados Unidos respondió que esto es impensable… por ahora.

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