El barco irlandés Rachel Corrie, nombrado en homenaje a una estudiante estadounidense muerta bajo una topadora israelí en Gaza, fue abordado por militares hebreos (foto), esta vez, afortunadamente, sin tiros ni muertos. Llevaba, como la Flotilla de la Libertad, ayuda humanitaria a ese enclave palestino y, como aquélla, no pudo llegar a destino.
La diferencia de lo ocurrido en ambos abordajes le permitió al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, diferenciar una verdadera misión pacifista (la segunda) de otra (la primera) vinculada a grupos proterroristas, cuyos responsables -sostuvo- reaccionaron con violencia al abordaje de los comandos y desataron la tragedia.
El premier, quien en su anterior paso por el cargo (1996-1999) teminó de liquidar el proceso de paz de Oslo, no explicó aún cómo un terrorista avezado puede esperar con hondas y bolitas a los miembros de uno de los ejército más eficientes del mundo. Sin embargo, en algo cabe darle la razón: a contramano de lo que ha dicho la prensa internacional, tal vez en ninguno de los dos casos corresponda hablar con propiedad de “misión humanitaria”, expresión que, sin dudas, denota una imagen de mayor nobleza. Porque es cierto que lo primordial de las dos iniciativas no era tanto llegar con alimentos, cemento, bicicletas y juguetes a la sufrida población gazatí, por muy necesarios que esos elementos sean, sino, simplemente, buscaba desafiar el bloqueo naval (y terrestre, y aéreo) de Israel a ese territorio.
Dicho esto, cabe preguntarse: ¿y qué?
Más allá del enojo de Israel porque se insista en llamar “misión humanitaria” a una empresa lanzada con fines en realidad políticos, ese hecho no anula la importancia de abordar (perdón por el término) los temas de fondo. Primero, el bloqueo a Gaza, que supone un inútil castigo colectivo a su población, por la existencia en ese territorio de un gobierno del grupo Hamás. Segundo, el boicot persistente a una negociación seria que permita crear un Estado palestino viable (por caso, a través de la irritante expansión de colonias en Cisjordania y Jerusalén oriental), aun cuando ese acuerdo, posible sólo con el sector moderado de Al Fatah liderado por Mahmud Abás (Abú Mazen), que gobierna Cisjordania, será seguramente ignorado por Hamás. Son cuestiones políticas legítimas, no necesariamente humanitarias, al cabo. Igual que las flotas sobre cuya naturaleza se debate.
La verdad enoja, pero no por eso deja de serlo.
Hamás es, a la vez, un partido político con un programa islamista, una organización con un amplio programa de ayudas sociales y un grupo terrorista. Como todas las partes de este conflicto desde antes incluso de la fundación del Estado de Israel en 1948, ha usado y abusado de los atentados contra civiles y matado a cientos de personas con fines políticos. Como todas las partes, insisto. Y eso, según cualquier definición, es terrorismo.
Esta verdad, con todo, no elimina otras. Como la existencia de un conflicto nacional (el palestino) que no puede seguir siendo ignorado, como la necesidad de que dos pueblos puedan coexistir pacíficamente y que ambos se reconozcan en sus derechos.
Tampoco oculta que la política israelí no sólo fortalece políticamente hoy a Hamás con estos episodios violentos, sino que ya lo viene haciendo repetidamente con el bloqueo y, antes, con la última guerra en Gaza.
Ese conflicto (diciembre de 2008-enero de 2009) se desató a partir del incalificable (y terrorista) disparo de cohetes desde ese territorio contra áreas civiles de Israel, pero la respuesta fue tan letal, tan desaprensiva hacia los derechos de la población civil que sólo alimentó el resentimiento. Para Israel, Hamás sigue allí, con su poder y estructura “militar” intactos; para Hamás, el “Estado sionista” sigue también incólume… sólo que 1.400 muertos después, la mayoría inocentes.
Con justicia, el informe de Richard Goldstone acreditó crímenes de guerra, tanto por parte de Israel como de Hamás en aquella contienda. Que se impute eso a un grupo terrorista es esperable. Pero un Estado debería replantearse muchas cosas cuando queda equiparado de ese modo a un enemigo tal.
La propia victoria de Hamás en las elecciones de enero de 2006 es imputable al conflicto y a la irreductible actitud israelí (en parte, porque la corrupción e inoperancia de Al Fatah hicieron el resto).
Tanta es la repetición del círculo represión/fortalecimiento de los más ultras en el bando enemigo que cabe preguntarse quiénes desean en realidad superar el conflicto y quiénes coligen que su victoria y sus posibilidades de medrar pasan, justamente, por sostenerlo y perpetuarlo. Aunque eso implique vivir cada vez más de espaldas al mundo y hasta enajenarse aliados clave como Turquía y, fundamentalmente, Estados Unidos.
Cuestiones semánticas al margen.