Las campañas electorales brasileñas son muy prolijas en su calendario: comienzan religiosamente seis meses antes de la cita a las urnas, cuando los funcionarios que aspiran a cargos electivos renuncian a sus puestos. Con ese requisito, la Constitución veda cualquier posibilidad de candidatura testimonial, un invento ciento por ciento argentino.
Otro hecho, ligado al calendario, también es invariable. Se vota presidente cada cuatro años, el primer domingo de octubre, y el destino quiere que la cadencia electoral coincida con los mundiales de fútbol. Por un mes (desgraciadamente Brasil siempre llega a las instancias finales) la campaña se interrumpe.
Pero la prolijidad termina en esos ritos. Lo demás, sobre todo en el último tiempo, suele estar atravesado por operaciones oscuras, campaña sucia, espionaje, pinchaduras telefónicas y dinero negro que circula a raudales. En ese terreno, el Obelisco no es el centro del mundo.
El escándalo que estalló ayer con la renuncia de Luiz Lanzetta como miembro de la campaña de la postulante oficialista Dilma Rousseff pone de relieve una vez más la existencia de “comunidades de informaciones” en los arrabales de la política brasileña y cuenta con todos los elementos para que, si no puede señalarse un culpable inequívoco, al menos pueda afirmarse que existe un trasfondo verdaderamente podrido en el asunto.
El martes 20 de abril la mesa estaba servida en más de un sentido en el restaurante Fritz de Brasilia. Se habían juntado a comer Lanzetta, un periodista y consultor (¡vaya conjunción de tareas!); Onézimo Sousa, un comisario jubilado de la Policía Federal (el denunciante del caso); Idalberto Matias de Araújo, “Dadá” (sargento reservista y ex agente de inteligencia de la Aeronáutica); otro periodista, Amaury Ribeiro Jr.; y Benedito de Oliveira, un empresario local ligado al Partido de los Trabajadores. ¿Más clarito? Uno o dos periodistas que atienden en los dos mostradores, un hombre con importantes conexiones en el aparato de seguridad, un espía profesional y un hombre de dinero ligado al gobierno.
En ese punto, las versiones divergen. Según dijo Onézimo Sousa a la revista Veja, virulentamente opositora, él rechazó una oferta de u$s 800.000 para espiar al candidato opositor José Serra; según Lanzetta, el anterior se ofreció como un doble agente que les revelaría con la debida antelación un centenar de carpetas truchas que las usinas de Serra ya preparan contra hombres y mujeres del oficialismo.
En el mejor de los casos, sólo uno de ellos dice la verdad y el bando contrario anda en cosas turbias; en el peor, los dos tienen razón y la cosa hiede aun más.
El hecho, lejos de ser una rareza, tiene antecedentes de magnitud. Hace cuatro años, cuando Luiz Inácio Lula da Silva, el verdadero gestor de la figura de Rousseff, buscaba su reelección, dos semanas antes de la votación fueron detenidos dos afiliados al PT con u$s 800.000 en efectivo destinados a la compra de un “dossier” que ligaba a Serra, el candidato vencido por Lula en 2002 y a la sazón postulante a la gobernación de San Pablo, con la llamada “mafia de los sanguessugas” (sanguijuelas o chupasangres).
Serra había sido entre 1998 y 2002 ministro de Salud de Fernando Henrique Cardoso, en la época en que un esquema de corrupción estafó al Estado federal con la venta de ambulancias a precios exorbitantes. La operación se completaba con una foto del entonces candidato socialdemócrata a la Presidencia, Geraldo Alckmin, junto a una de las “sanguijuelas”.
El asunto era dinamita y afectaba al PSBD de San Pablo (el estado donde se jugaba buena parte del resultado); el negocio cerraba por todos lados. Salvo que se probó antes de la elección que el “dossier” era trucho (ni Serra ni Alckmin estaban ligados a nada espurio), que sus compradores lo sabían, que el dinero para adquirirlo era negro y que la operación surgió de lo más alto del comando de Lula da Silva.
Así, debieron renunciar el coordinador de la campaña, Ricardo Berzoini (para peor, entonces presidente del PT); el director en Brasilia del estatal Banco do Brasil, Expedito Afonso Veloso, quien fue mencionado por los valijeros arrestados; y Hamilton Lacerda, asesor de Aloizio Mercadante, el entonces candidato oficialista en San Pablo.
Las balas picaron tan cerca del propio Lula da Silva que pareció abrirse por un momento una contienda que parecía definida antes de su comienzo. Además, los diarios más influyentes del país publicaron en sus portadas el día previo a la votación el impresionante paquete del equivalente en reales a u$s 800.000 que iban a ser usados en la frustrada operación (ver imagen). El impacto fue inmenso.
El domingo 1 de octubre se votó, y por imperio del escándalo, Lula da Silva no alcanzó la mayoría necesaria para evitar la segunda vuelta.
Los mismos métodos se repiten hoy, y los mismos nombres de uno y otro lado. Por unas semanas, el Mundial eclipsará todo en Brasil. Luego comenzará la segunda parte de una campaña tan cerrada y en la que se juega tanto que parece destinada a entregar capítulos todavía más ominosos. Ya tendremos noticias.
Otro hecho, ligado al calendario, también es invariable. Se vota presidente cada cuatro años, el primer domingo de octubre, y el destino quiere que la cadencia electoral coincida con los mundiales de fútbol. Por un mes (desgraciadamente Brasil siempre llega a las instancias finales) la campaña se interrumpe.
Pero la prolijidad termina en esos ritos. Lo demás, sobre todo en el último tiempo, suele estar atravesado por operaciones oscuras, campaña sucia, espionaje, pinchaduras telefónicas y dinero negro que circula a raudales. En ese terreno, el Obelisco no es el centro del mundo.
El escándalo que estalló ayer con la renuncia de Luiz Lanzetta como miembro de la campaña de la postulante oficialista Dilma Rousseff pone de relieve una vez más la existencia de “comunidades de informaciones” en los arrabales de la política brasileña y cuenta con todos los elementos para que, si no puede señalarse un culpable inequívoco, al menos pueda afirmarse que existe un trasfondo verdaderamente podrido en el asunto.
El martes 20 de abril la mesa estaba servida en más de un sentido en el restaurante Fritz de Brasilia. Se habían juntado a comer Lanzetta, un periodista y consultor (¡vaya conjunción de tareas!); Onézimo Sousa, un comisario jubilado de la Policía Federal (el denunciante del caso); Idalberto Matias de Araújo, “Dadá” (sargento reservista y ex agente de inteligencia de la Aeronáutica); otro periodista, Amaury Ribeiro Jr.; y Benedito de Oliveira, un empresario local ligado al Partido de los Trabajadores. ¿Más clarito? Uno o dos periodistas que atienden en los dos mostradores, un hombre con importantes conexiones en el aparato de seguridad, un espía profesional y un hombre de dinero ligado al gobierno.
En ese punto, las versiones divergen. Según dijo Onézimo Sousa a la revista Veja, virulentamente opositora, él rechazó una oferta de u$s 800.000 para espiar al candidato opositor José Serra; según Lanzetta, el anterior se ofreció como un doble agente que les revelaría con la debida antelación un centenar de carpetas truchas que las usinas de Serra ya preparan contra hombres y mujeres del oficialismo.
En el mejor de los casos, sólo uno de ellos dice la verdad y el bando contrario anda en cosas turbias; en el peor, los dos tienen razón y la cosa hiede aun más.
El hecho, lejos de ser una rareza, tiene antecedentes de magnitud. Hace cuatro años, cuando Luiz Inácio Lula da Silva, el verdadero gestor de la figura de Rousseff, buscaba su reelección, dos semanas antes de la votación fueron detenidos dos afiliados al PT con u$s 800.000 en efectivo destinados a la compra de un “dossier” que ligaba a Serra, el candidato vencido por Lula en 2002 y a la sazón postulante a la gobernación de San Pablo, con la llamada “mafia de los sanguessugas” (sanguijuelas o chupasangres).
Serra había sido entre 1998 y 2002 ministro de Salud de Fernando Henrique Cardoso, en la época en que un esquema de corrupción estafó al Estado federal con la venta de ambulancias a precios exorbitantes. La operación se completaba con una foto del entonces candidato socialdemócrata a la Presidencia, Geraldo Alckmin, junto a una de las “sanguijuelas”.
El asunto era dinamita y afectaba al PSBD de San Pablo (el estado donde se jugaba buena parte del resultado); el negocio cerraba por todos lados. Salvo que se probó antes de la elección que el “dossier” era trucho (ni Serra ni Alckmin estaban ligados a nada espurio), que sus compradores lo sabían, que el dinero para adquirirlo era negro y que la operación surgió de lo más alto del comando de Lula da Silva.
Así, debieron renunciar el coordinador de la campaña, Ricardo Berzoini (para peor, entonces presidente del PT); el director en Brasilia del estatal Banco do Brasil, Expedito Afonso Veloso, quien fue mencionado por los valijeros arrestados; y Hamilton Lacerda, asesor de Aloizio Mercadante, el entonces candidato oficialista en San Pablo.
Las balas picaron tan cerca del propio Lula da Silva que pareció abrirse por un momento una contienda que parecía definida antes de su comienzo. Además, los diarios más influyentes del país publicaron en sus portadas el día previo a la votación el impresionante paquete del equivalente en reales a u$s 800.000 que iban a ser usados en la frustrada operación (ver imagen). El impacto fue inmenso.
El domingo 1 de octubre se votó, y por imperio del escándalo, Lula da Silva no alcanzó la mayoría necesaria para evitar la segunda vuelta.
Los mismos métodos se repiten hoy, y los mismos nombres de uno y otro lado. Por unas semanas, el Mundial eclipsará todo en Brasil. Luego comenzará la segunda parte de una campaña tan cerrada y en la que se juega tanto que parece destinada a entregar capítulos todavía más ominosos. Ya tendremos noticias.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

