Como los boxeadores que no la están pasando bien y la campana les permite descansar de los golpes rivales y repasar su estrategia, José Serra espera beneficiarse del parate que el Mundial de fútbol impondrá a la campaña electoral.
Es que las últimas noticias no han sido buenas para él. Su rival en la carrera presidencial, Dilma Rousseff, la ex jefa de Gabinete de Luiz Inácio Lula da Silva, viene creciendo en las encuestas, y las fisuras que temía en su Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) comienzan a mostrar su verdadera envergadura.
La encuesta revelada el fin de semana por la consultora Ibope fue difundida por la prensa brasileña y sudamericana en su trazo grueso. La remontada de cinco puntos de la oficialista y la caída de tres del opositor con respecto a la medición anterior derivaron en un empate en el 37% para la primera vuelta del 3 de octubre y en uno del 42% para el balotaje.
Los pliegues de esos números, que censaron el debut de los dos candidatos en la propaganda televisiva, entregan elementos de mayor preocupación aún para el socialdemócrata. Si sus ejes de campaña han sido hasta aquí el empleo, el consumo, la salud, la educación, la seguridad y los impuestos, apenas los dos últimos le dejan algún potencial para la captación de votos, dado que sólo en ellos una mayoría de los electores considera que las cosas empeoraron en los últimos dos años. Virtud, sin dudas, de la gestión de un presidente que comienza a transferir a su pretendida heredera su popularidad del 75%. Veamos.
De acuerdo con el sondeo, encargado por los medios opositores O Estado de Sao Paulo y la emisora de televisión Globo, un 56% de los relevados considera que la situación laboral ha mejorado, por lo que en ese segmento Dilma saca ventajas de hasta 18 puntos. La percepción es respaldada por las estadísticas: la desocupación cayó en abril a un 7,3%, el menor nivel en ocho años.
En cuanto al consumo, un abrumador 72% sostiene que su situación ha mejorado, contra un escuálido 11% crítico. Otro gol para Dilma y pesca imposible para Serra.
En educación, la candidata de Lula también parte con ventaja: el 48% asegura que mejoró, contra sólo un 25% que presenta una opinión contraria. Hasta en materia de salud, área en la que Serra presume de ser un especialista por haber sido ministro de Fernando Henrique Cardoso, época en la que se acreditó la ley de medicamentos genéricos, el postulante opositor encuentra problemas. Un 37% ve mejoras y un 34% observa deterioro.
Quedan entonces la seguridad y los impuestos. En efecto, las opiniones en esos dos ítems son predominantemente negativas (38% a 30% en el primero, 33% a 21% en el segundo), por lo que emergen como los mejores caballitos de batalla del «tucano» en lo que queda de campaña. El problema es que hablar de seguridad e impuestos tiende a consolidar su electorado de centroderecha, pero no le permite quitarle espacios significativos a Dilma en el electorado que va del centro a la izquierda.
En lo que hace a la distribución territorial de la intención de voto, los socialdemócratas quedan, tal como les ocurrió en 2006, confinados al sur del país, la más próspera de las regiones, mientras que resultan barridos en el norte, donde los planes sociales de la era Lula, que alcanzaron a un impresionante 30% de las familias en todo el país, han impactado con mayor fuerza.
Para que la cancha no le quede inclinada, Serra no puede admitir fisuras en «su Brasil», y fundamentalmente debe revertir la derrota que su partido sufrió en 2006 a manos de Lula da Silva en el segundo colegio electoral, Minas Gerais, que cuenta con 14 millones de electores.
Ese es territorio de Aécio Neves, un socialdemócrata como Serra que se frustró por no haber podido imponer el 90% de popularidad que tiene en su estado a la hora de la definición de la candidatura partidaria. El presidenciable, hombre fuerte de San Pablo, ha intentado sin éxito seducir a Aécio, nieto del mítico Tancredo Neves, para que sea su compañero de fórmula. Cree en aquello de que hay que tener cerca a los amigos, pero más todavía a los enemigos.
Neves, acusado en el PSDB de infidelidad en 2006, sería el gran beneficiado de una derrota de su partido, ya que el camino le quedaría despejado para ser el candidato en 2014. Esta vez ha prometido jugar para Serra, pero éste se ha alarmado al enterarse de que la mayoría de los alcaldes mineiros leales a Neves no tienen planes de mover sus aparatos en apoyo a su postulación.
Según relevamientos de la prensa brasileña, sobre un total de 853 municipios en ese estado, 286 responden al último gobernador y, de ellos, al menos 79 ya se animaron a declarar públicamente su prescindencia. Y son más los que la susurran, ya sea por lealtad al cacique local, por los modos poco diplomáticos de Serra… o por la chequera del Estado federal.
Por eso, Serra se mostró ayer junto a Neves en el municipio mineiro de Montes Claros. En 2002, cuando intentó su primera aventura presidencial, se negó a visitar la localidad por la falta de entusiasmo del entonces intendente. Perdió. Repetir el error hubiese sido imperdonable.
Es que las últimas noticias no han sido buenas para él. Su rival en la carrera presidencial, Dilma Rousseff, la ex jefa de Gabinete de Luiz Inácio Lula da Silva, viene creciendo en las encuestas, y las fisuras que temía en su Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) comienzan a mostrar su verdadera envergadura.
La encuesta revelada el fin de semana por la consultora Ibope fue difundida por la prensa brasileña y sudamericana en su trazo grueso. La remontada de cinco puntos de la oficialista y la caída de tres del opositor con respecto a la medición anterior derivaron en un empate en el 37% para la primera vuelta del 3 de octubre y en uno del 42% para el balotaje.
Los pliegues de esos números, que censaron el debut de los dos candidatos en la propaganda televisiva, entregan elementos de mayor preocupación aún para el socialdemócrata. Si sus ejes de campaña han sido hasta aquí el empleo, el consumo, la salud, la educación, la seguridad y los impuestos, apenas los dos últimos le dejan algún potencial para la captación de votos, dado que sólo en ellos una mayoría de los electores considera que las cosas empeoraron en los últimos dos años. Virtud, sin dudas, de la gestión de un presidente que comienza a transferir a su pretendida heredera su popularidad del 75%. Veamos.
De acuerdo con el sondeo, encargado por los medios opositores O Estado de Sao Paulo y la emisora de televisión Globo, un 56% de los relevados considera que la situación laboral ha mejorado, por lo que en ese segmento Dilma saca ventajas de hasta 18 puntos. La percepción es respaldada por las estadísticas: la desocupación cayó en abril a un 7,3%, el menor nivel en ocho años.
En cuanto al consumo, un abrumador 72% sostiene que su situación ha mejorado, contra un escuálido 11% crítico. Otro gol para Dilma y pesca imposible para Serra.
En educación, la candidata de Lula también parte con ventaja: el 48% asegura que mejoró, contra sólo un 25% que presenta una opinión contraria. Hasta en materia de salud, área en la que Serra presume de ser un especialista por haber sido ministro de Fernando Henrique Cardoso, época en la que se acreditó la ley de medicamentos genéricos, el postulante opositor encuentra problemas. Un 37% ve mejoras y un 34% observa deterioro.
Quedan entonces la seguridad y los impuestos. En efecto, las opiniones en esos dos ítems son predominantemente negativas (38% a 30% en el primero, 33% a 21% en el segundo), por lo que emergen como los mejores caballitos de batalla del «tucano» en lo que queda de campaña. El problema es que hablar de seguridad e impuestos tiende a consolidar su electorado de centroderecha, pero no le permite quitarle espacios significativos a Dilma en el electorado que va del centro a la izquierda.
En lo que hace a la distribución territorial de la intención de voto, los socialdemócratas quedan, tal como les ocurrió en 2006, confinados al sur del país, la más próspera de las regiones, mientras que resultan barridos en el norte, donde los planes sociales de la era Lula, que alcanzaron a un impresionante 30% de las familias en todo el país, han impactado con mayor fuerza.
Para que la cancha no le quede inclinada, Serra no puede admitir fisuras en «su Brasil», y fundamentalmente debe revertir la derrota que su partido sufrió en 2006 a manos de Lula da Silva en el segundo colegio electoral, Minas Gerais, que cuenta con 14 millones de electores.
Ese es territorio de Aécio Neves, un socialdemócrata como Serra que se frustró por no haber podido imponer el 90% de popularidad que tiene en su estado a la hora de la definición de la candidatura partidaria. El presidenciable, hombre fuerte de San Pablo, ha intentado sin éxito seducir a Aécio, nieto del mítico Tancredo Neves, para que sea su compañero de fórmula. Cree en aquello de que hay que tener cerca a los amigos, pero más todavía a los enemigos.
Neves, acusado en el PSDB de infidelidad en 2006, sería el gran beneficiado de una derrota de su partido, ya que el camino le quedaría despejado para ser el candidato en 2014. Esta vez ha prometido jugar para Serra, pero éste se ha alarmado al enterarse de que la mayoría de los alcaldes mineiros leales a Neves no tienen planes de mover sus aparatos en apoyo a su postulación.
Según relevamientos de la prensa brasileña, sobre un total de 853 municipios en ese estado, 286 responden al último gobernador y, de ellos, al menos 79 ya se animaron a declarar públicamente su prescindencia. Y son más los que la susurran, ya sea por lealtad al cacique local, por los modos poco diplomáticos de Serra… o por la chequera del Estado federal.
Por eso, Serra se mostró ayer junto a Neves en el municipio mineiro de Montes Claros. En 2002, cuando intentó su primera aventura presidencial, se negó a visitar la localidad por la falta de entusiasmo del entonces intendente. Perdió. Repetir el error hubiese sido imperdonable.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

