No se puede soslayar la presencia de Bill Clinton en nuestro país. Tampoco sus dichos más que elogiosos sobre la economía argentina, en perfecta línea con los que dejó su esposa, la canciller de Estado de Barack Obama, en una breve visita al país realizada en marzo.
No es que Hillary y Bill se hayan hecho kirchneristas. Las críticas de la primera en temas como INDEC, clima de negocios y seguridad jurídica (recordemos al respecto los cuestionamientos de su número para la región, Arturo Valenzuela), su añoranza, en suma, por la era de las “relaciones carnales” en tiempos de su marido y Carlos Menem, han sido públicas, aunque siempre a través de voceros.
Pero hay un acercamiento en ciernes, al menos gestual. Esto se relaciona con una tendencia creciente dentro del Departamento de Estado y el Congreso de Estados Unidos a ponderar a la Argentina en paralelo al crecimiento de la desconfianza con Brasil. Política pendular incipiente en clave sudamericana.
Para la Casa Blanca, Argentina no plantea problemas. En sus temas de interés en la región (terrorismo, narcotráfico, lavado de dinero, inmigración) hay muy buena cooperación o directamente no existe conflicto. Incluso, por influjo de la causa AMIA, el país es el más duro de Sudamérica ante Irán, lo que es funcional para Estados Unidos en el actual conflicto por el plan nuclear de la República Islámica.
Con Brasil, en cambio, tropieza con las ansias de liderazgo regional de Luiz Inácio Lula da Silva, que plantea roces cada vez más frecuentes en asuntos comerciales, regionales (Honduras, Venezuela) y hasta globales (Irán). La reciente mediación del brasileño en Teherán, vista por Occidente como una injerencia no deseada y como un salvavidas lanzado a los iraníes para dilatar la imposición de nuevas sanciones, fue un golpe duro a la relación bilateral.
Ayer nomás, Hillary presionó en la Asamblea General anual de la Organización de Estados Americanos (OEA) por la readmisión de Honduras, suspendida desde el golpe del 28 de junio del año pasado. Pretensión frenada en seco por su par brasileño, Celso Amorim. Argentina comparte la postura brasileña, pero el liderazgo de Itamaraty en la cuestión deja a nuestro país fuera de la línea de fuego.