En estos días, en los que Israel concentra las iras de buena parte del mundo, muchos defensores de otras causas indefendibles aprovechan para hacer de las mismas algo bastante más noble de lo que justificaría la realidad.
Mientras el Consejo de Seguridad de la ONU se dispone hoy a votar una cuarta ronda de sancione contra Irán por su plan nuclear (a los efectos prácticos, parece que las tres anteriores han sido más bien inocuas), Amnistía Internacional difunde un documento, De las protestas a la cárcel / Irán, un año después de la elección, que, aunque largo, vale la pena leer (aquí, un resumen).
El mismo reseña, amplía y documenta el modo en que el régimen teocrático ha desarticulado las amplias protestas sociales que disparó el 13 de junio del año pasado la reelección del ultraislamista Mahmud Ahmadineyad, denunciada como fraudulenta por un amplio arco reformista. Represión, asesinato de manifestantes prodemocráticos (Neda Salehi Agha Soltan –foto-, una estudiante de 26 años, fue la víctima más emblemática), encarcelamientos masivos, desapariciones y detenciones sin consulta a un abogado, torturas, violaciones, simulacros de ejecuciones y condenas a la horca por moharebeh (enemistad con Dios) fueron, entre otras linduras, parte del menú.
No se entiende cómo el rechazo a Israel puede implicar, para algunos, la simpatía a un régimen tal, absurda expresión de la máxima que reza que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Sobre todo por parte de personas que enarbolan un pensamiento progresista, refractario, en principio, a un régimen religioso y oscurantista, violador de los derechos humanos, represor de sus mujeres, que condena a la horca a los homosexuales y que ahoga la disidencia. Un sayo que, entre otros, le cabe a Hugo Chávez, Evo Morales y hasta a Lula da Silva.
Con ello se valida también a un Presidente, algo que le provoca no pocas críticas internas, que es un impenitente negador del Holocausto.
Los cuestionamientos al accionar de Israel, que han quedado expresados en este mismo blog, no pueden de ningún modo servir de justificación a la brutalidad del régimen iraní. No, al menos, si no se actúa con ignorancia o mala fe.
Mientras el Consejo de Seguridad de la ONU se dispone hoy a votar una cuarta ronda de sancione contra Irán por su plan nuclear (a los efectos prácticos, parece que las tres anteriores han sido más bien inocuas), Amnistía Internacional difunde un documento, De las protestas a la cárcel / Irán, un año después de la elección, que, aunque largo, vale la pena leer (aquí, un resumen).
El mismo reseña, amplía y documenta el modo en que el régimen teocrático ha desarticulado las amplias protestas sociales que disparó el 13 de junio del año pasado la reelección del ultraislamista Mahmud Ahmadineyad, denunciada como fraudulenta por un amplio arco reformista. Represión, asesinato de manifestantes prodemocráticos (Neda Salehi Agha Soltan –foto-, una estudiante de 26 años, fue la víctima más emblemática), encarcelamientos masivos, desapariciones y detenciones sin consulta a un abogado, torturas, violaciones, simulacros de ejecuciones y condenas a la horca por moharebeh (enemistad con Dios) fueron, entre otras linduras, parte del menú.
No se entiende cómo el rechazo a Israel puede implicar, para algunos, la simpatía a un régimen tal, absurda expresión de la máxima que reza que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Sobre todo por parte de personas que enarbolan un pensamiento progresista, refractario, en principio, a un régimen religioso y oscurantista, violador de los derechos humanos, represor de sus mujeres, que condena a la horca a los homosexuales y que ahoga la disidencia. Un sayo que, entre otros, le cabe a Hugo Chávez, Evo Morales y hasta a Lula da Silva.
Con ello se valida también a un Presidente, algo que le provoca no pocas críticas internas, que es un impenitente negador del Holocausto.
Los cuestionamientos al accionar de Israel, que han quedado expresados en este mismo blog, no pueden de ningún modo servir de justificación a la brutalidad del régimen iraní. No, al menos, si no se actúa con ignorancia o mala fe.

