Están frescas todavía las imágenes de Luiz Inácio Lula da Silva en Teherán, ensayando junto al premier turco Recep Tayiip Erdogan un improbable acuerdo sobre el plan nuclear iraní. Lo que siguió es conocido: Occidente (Estados Unidos) ignoró olímpicamente la movida, el Presidente de Brasil se indignó con Barack Obama y el Consejo de Seguridad de la ONU avanzó con una nueva tanda de sanciones contra la República Islámica. Brasil, claro, miembro rotativo del cuerpo, votó en contra.
Lo que no podía sospecharse es lo que ocurrió ayer: Lula da Silva firmó un decreto que compromete el cumplimiento de Brasil de las nuevas sanciones, todo en nombre al respeto a la legalidad internacional y a que las mismas no afectan las exportaciones de alimentos brasileños a ese país ni las operaciones de Petrobras. ¿En qué quedamos, es legalismo o conveniencia?
Se impone la pregunta: ¿ese respeto brasileño a las normas emanadas del Consejo de Seguridad se extenderá al caso de que ese organismo decida lanzar un ataque militar contra el complejo nuclear iraní, prestará acaso su colaboración con el mismo?
La relación entre Brasil, que se presenta como una potencia emergente celosa de su influencia en Sudamérica, y Estados Unidos tendrá recurrentes puntos de roce, pero las cosas nunca se saldrán de madre. El antiimperialismo lulista es simplemente retórico, una recreación de la Doctrina Monroe. Lo que entonces era «América para los americanos», esto es América como zona de influencia hegemónica de los Estados Unidos, debe ser ahora «Sudamérica para los sudamericanos», o para los brasileños, al menos cuando sea posible.
Está visto que, pese a los elogios y premios internacionales, pese al prestigio de Lula en definitiva, a Brasil no se le reconoce por ahora ningún liderazgo fuera de los límites del subcontinente. Irán puede confirmarlo.