El encuentro del martes entre los presidentes de Colombia y Venezuela, Juan Manuel Santos y Hugo Chávez, facilitado por una Unasur que busca su lugar bajo el sol, debe ser entendido como un primer paso positivo y no como un punto de llegada.
Ambos acordaron restablecer la relación diplomática deshecha por el combustible mandatario venezolano, eliminar las trabas al comercio (que, para dolor de la otrora superavitaria Colombia, cayó de u$s 6.000 millones a u$s 1.500 millones en el último año) y cooperar contra las FARC. Casi amarse otra vez; demasiado bueno para ser cierto.
Si lo que se ha hecho fue restaurar la confianza, resta ahora que se avance en una agenda que atienda los aspectos reales, estructurales de un conflicto que, si bien se alimenta de la particular psiquis de los líderes a uno y otro lado de la frontera, excede con mucho ese aspecto a menudo sobrevalorado y, recurrentemente, toma la forma de un temible conato de guerra.
Por un lado, Colombia será gobernada en el próximo período por un duro conservador, ministro de Defensa de Álvaro Uribe y, como tal, responsable político tanto de la virtual derrota de las FARC como de las graves violaciones a los derechos humanos que acompañaron el proceso. Mientras, Venezuela seguirá siendo regida por un líder socialista aliado de Cuba que se ha juramentado jalonar una revolución y desafiar al «imperio» en todos los terrenos.
Además, y acaso incluso más importante, la mesa está verdaderamente servida para la desconfianza y el conflicto.
Desde el punto de vista colombiano, ese líder socialista comparte con las FARC una ideología «bolivariana», usa a éstas como carta para influir políticamente en sus asuntos internos y se ha armado hasta los dientes con el concurso de Rusia. Desde el venezolano, Colombia es la cabecera de playa de Estados Unidos en Sudamérica, justo al otro lado de su frontera, para lo que le sirve como base para la instalación de miles de soldados y sofisticado equipamiento de espionaje.
Mientras, el «imperio», probadamente siempre pendiente del petróleo ajeno, reactiva su IV Flota en el Caribe y moviliza hombres en otras bases de la región.
Todo con un agravante: el golpe que sufrió Chávez en 2002 no fue precisamente ajeno a las usinas que anidan en el aparato de seguridad de Estados Unidos.
Como Washington es en esta cuestión parte (central) del problema, no podrá serlo de la solución, lo que ofrece a la incipiente Unión de Naciones de Suramérica un escenario ideal para hacerse cargo de sus propios asuntos y para encontrar una primera área de incumbencia: el mantenimiento de la paz regional a través de iniciativas diplomáticas y de esquemas de defensa común.
Brasil, el alma de la Unasur, y la Argentina, por el rol de Néstor Kirchner como su secretario general, deberían ir más allá de haber propiciado una reconciliación que recuerda otras, como la de la teatral cumbre de presidentes de Santo Domingo, que fueron invariablemente seguidas de nuevas crisis.
Se impone, entonces, que Itamaraty, el Palacio San Martín y el propio Kirchner avancen en una segunda fase de iniciativas para consolidar esa reconciliación, como podrían ser esquemas de supervisión independiente de la frontera binacional y de contacto permanente con los dos gobiernos, de modo de detectar y denunciar a tiempo incursiones transfronterizas de la guerrilla colombiana. Y, en un extremo, una oferta para mediar en el conflicto colombiano, verdadero nudo del problema.
Sin tal agenda, más ambiciosa y urgente, los vientos de guerra volverán a soplar a favor de las necesidades políticas domésticas de unos y otros. Más temprano que tarde.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

