Durante la última cumbre del Grupo de los 20 en Toronto, Barack Obama ser quejó de los planes de ajuste que anunciaban, uno tras otro, los países europeos. Señalaba que el retiro de los estímulos fiscales frenaría la entonces incipiente recuperación de la economía global y advertía que los ciudadanos de su país “no pueden ni quieren seguir pagando el camino del mundo hacia el bienestar».
Acertó en las dos cosas. Por un lado, la economía mundial sigue mostrándose languideciente; por el otro, el mercado norteamericano sigue financiando la recuperación de varias de las grandes economías exportadoras, incluyendo la de Alemania, el gran campeón de la promoción de las recetas de ajuste en su patio trasero.
Según los datos oficiales correspondientes al segundo trimestre (ver gráfico), Alemania (50% de cuya economía depende de las exportaciones) sorprendió con un crecimiento del 2,2%, el mayor desde la reunificación en 1990. Mientras, recortes del gasto mediante, el resto de la eurozona navega en entre la intrascendencia, el estancamiento y la catástrofe, con el “crecimiento” francés del 0,6%, el español del 0,2% y el retroceso griego del 1,5%.
La pertinencia de la queja de Obama a Angela Merkel (y a China y otras potencias) se comprueba, además, en los datos del comercio de Estados Unidos, cuyo déficit trepó en junio un 18,8% y llegó a su mayor nivel en 20 meses.
Pero poco le valdrá a Obama haber tenido razón sin haber podido evitar los acontecimientos previstos, al menos en el plano de la política interna. ¿El desempleo del 10% le pasará la factura entre las bases demócratas, sobre todo las sindicales y de tendencia más proteccionista, en las elecciones de mitad de mandato de noviembre? Si está preocupado por eso, probablemente tenga razón otra vez.