Todo indica que Dilma Rousseff, esto es la continuidad del lulismo en Brasil, está cada vez más cerca de la victoria, incluso sin necesidad de esperar a una segunda vuelta.
Es arriesgado hacer pronósticos, pero las últimas encuestas alientan esa idea. La última, divulgada ayer por Ibope, muestra a la ex ministra Jefa de la Casa Civil (jefa de gabinete) superando al socialdemócrata (conservador) José Serra por once puntos (43% a 32%). A principios de mes la ventaja era de apenas cinco puntos, 39% a 34%, foto que muestra al paulista verdaderamente complicado.
Según Ibope, Dilma se impondría en una segunda vuelta por 48% a 37%, pero, aun más importante, no la necesitaría si se descuentan los posibles votos en blanco y nulos (que es lo que establece con otras palabras la ley brasileña, al imponer para ganar sin balotaje que el candidato más votado obtenga más sufragios que la suma de todos sus rivales). En ese cálculo, obtendría un 51% contra 38% de Serra en la primera vuelta del 3 de octubre.
¿Una explicación para estos movimientos vertiginosos? El 78% de los brasileños que juzgan como bueno o muy bueno el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, contra un 18% que lo califica como regular y un más que magro 4% que insiste en que es malo o pésimo.
La encuesta anterior, lanzada el sábado por Datafolha, también prenunciaba un posible escenario de triunfo en primera vuelta para Dilma: ocho puntos de ventaja y 47% (apenas a tres de evitar la segunda vuelta) si se descuentan los blancos o nulos.
Según Datafolha, la petista Marta Suplicy lidera con 32% de la intención de voto la carrera al senado en San Pablo, el bastión de José Serra. Todo un dato.
Todo esto importa y mucho para nuestro país. Es cierto que ninguno de los dos postulantes expectables plantea alterar las bases de la estabilidad económica brasileña; de ahí la tranquilidad que muestran los mercados financieros. Sin embargo, hay diferencias importantes.
Rousseff se presenta como la perfecta continuidad de lo hecho por Lula da Silva en el plano externo e internacional, mientras que Serra, adoptando el programa de la gran industria paulista, promete desarmar el Mercosur como unión aduanera (imperfecta) y retrotraerlo a un status de zona de libre comercio. Con ello, Brasil se desataría las manos para negociar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos.
En paralelo, planea modificar la política cambiaria para tener un dólar más fuerte (lo que implica mayores exportaciones, también hacia nuestro país, que ya hoy, con un real apreciado sufre un déficit comercial crónico con el vecino) y reducir las tasas de interés para las empresas.
Lula da Silva resolvió durante sus dos mandatos la tradicional puja entre liberales y desarrollistas, un clásico, a veces cruento, dentro de todos los gabinetes anteriores. Cedió a los primeros la política monetaria (el Banco Central) y a los segundos el manejo de la política para el sector productivo (Ministerio de Industria, incentivos del BNDES). Serra se propone resolver la disputa en otros términos, dando todo el poder a los segundos.
El problema del “tucano” (socialdemócrata) es que su discurso se hace cada vez más difícil: ¿cómo vencer a un oficialismo cuyo presidente tiene un nivel de aceptación del 78%, carisma personal aparte?
Además, según diversas encuestas los brasileños ponderan la política oficial en áreas como salud, educación, lucha contra la pobreza, empleo y consumo. Los insatisfechos sólo son mayoría en cuanto a impuestos y seguridad. Si el primer grupo de temas es para Serra una causa perdida y sólo le queda machacar sobre los últimos e insuficientes dos puntos, su discurso termina claramente volcado a la derecha, justamente lo que debía evitar para no confinarse en un nicho electoral minoritario y tener posibilidades de éxito.
Todo parece indicar que el paulista volverá a ser derrotado en las urnas (ya lo fue por el propio Lula da Silva en 2002). Tener revancha será muy difícil para un hombre que muchos creían, por capacidad, preparación y poder de lobby que lo secundaba, número puesto para llegar algún día al Planalto.