En momentos en que es gran noticia internacional la retirada de las tropas de combate estadounidenses (¿las remanentes, en caso de necesidad, no lo son acaso?) de Irak. Ayer nos preguntábamos si, cuando la retirada se complete para fin del año próximo, tal como había establecido George W. Bush y ratificó Barack Obama, esa salida será verdaderamente completa. El debate, en Estados Unidos y en Irak, está en plena ebullición.
De acuerdo con lo previsto hasta ahora, sólo quedarán desde 2012 algunos cientos de efectivos recluidos en las sedes diplomáticas norteamericanas. Así, el peso de las tareas de entrenamiento de las fuerzas locales y de las misiones de apoyo en caso de peligro para la población civil (combate a la insurgencia, en buen romance) recaerá sobre “contratistas civiles”, esto es mercenarios empleados por empresas privadas, cuyo gran auge comenzó, en tiempos de Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, con la invasión al país árabe. Hoy son más de 200 las empresas que brindan servicios de seguridad en el país, la gran mayoría sin registro.
La novedad es que Obama decidió duplicar el número de «contratistas” previstos de 3.500 a 7.000, algo así como una privatización de la ocupación que ha dejado desde 2003 100.000 muertos en el país, en su mayoría civiles.
Al introducirse empresas como intermediarias, los costos para los contribuyentes estadounidenses serán todavía más elevados, pero la “ventaja” (política) es que nadie llorará las posibles bajas que se produzcan por tratarse, lo dijimos, de mercenarios y no de simples soldados. La enorme cantidad de víctimas civiles iraquíes que han dejado desde 2003 la acción desaprensiva de estos contratistas es un tema que no debe despreciarse si se piensa a futuro.
Las presiones sobre el Presidente de Estados Unidos son enormes y su voluntad de resistirlas, dudosa.
Por un lado, el temor del actual liderazgo pronorteamericano de Irak sobre un posible vacío de poder y un recrudecimiento del terrorismo se resumió en la advertencia del jefe de Estado mayor, teniente general Bebakir Zebari, quien dijo que la retirada para fin de 2011 es inconveniente y que sus fuerzas no estarán para entonces en condiciones de garantizar la seguridad en el país. Sus palabras fueron luego relativizadas por fuentes políticas.
Mientras, expertos estadounidenses en temas militares hacen advertencias similares y hablan de la necesidad de dejar apostados en el país árabe miles de efectivos regulares. Dicha amenaza de violencia es, hay que recordarlo, una consecuencia directa de la invasión, que dio por tierra con el régimen de Sadam Husein y con el propio Estado iraquí y le abrió la puerta a Al Qaeda.
El Pentágono también presiona, y con fuerza. La polémica pública, insólita en un país que se vanagloria de su democracia y del control del aparato militar por parte del presidente-comandante en jefe, incluyó una insólita ridiculización de Obama y sus asesores por parte del anterior jefe de las tropas en Afganistán, Stanley McChrystal, su reemplazo por David Petraeus, y las dudas expresadas por este último acerca de la capacidad del ejército norteamericano de terminar las tareas en ese país para comenzar la retirada en julio próximo.
Cabe señalar, por último, que cuando se habla de garantizar la seguridad en Irak no sólo se habla de evitar los ataques terroristas, sobre todo los de Al Qaeda, contra civiles. También de fortalecer el poder central de Bagdad ante las omnipresentes y no tan veladas aspiraciones del norte kurdo y del sur chiita del país de constituirse en Estados independientes. Son ambas, vaya causalidad, las zonas de Irak ricas en petróleo.
Y si de petróleo hablamos, recordemos que también necesitarán protección y garantías las compañías internacionales que llegaron de la mano de la invasión. El negocio allí recién empieza.
Falta mucho aún para saber cuán completa será la retirada completa de las fuerzas de EE.UU.