Hugo Chávez tiene la habilidad de centrar el debate en torno a su proyecto, tanto en Venezuela como en el exterior, en términos meramente políticos. Su postura frente a Estados Unidos, su posición latinoamericanista, la orientación de su revolución bolivariana, los alcances de sus políticas sociales, la pelea con una oposición que hace mucho no encuentra el rumbo discursivo y estratégico, su talante autoritario, el acoso a la prensa… Pero es en el plano económico en el que la discusión se oscurece y en el que, justamente, se hace más interesante.
Chávez llegó al poder en 1999, inicialmente con un discurso nacionalista, anticorrupción y de crítica radical a la partidocracia tradicional. Poco a poco, las apelaciones a su bolivarianismo fueron virando a la izquierda, con particular fuerza y claridad desde 2004, cuando se declaró abiertamente socialista. Claro, como antecedente de esto hay que registrar el golpe fallido de abril de 2002 y el paro por tiempo indeterminado de los gerentes de PDVSA entre diciembre de ese año y enero de 2003, que determinaron su decisión de adoptar una postura más radicalizada. Once años atrás, antes de Chávez, la economía venezolana tenía dos problemas principales: uno, el trágico desinterés de la élite nacional por la suerte de dos tercios de la población, con sus consecuencias de pobreza y debilidad del mercado interno de consumo; el otro, paralelo, el modelo rentista, basado en la exportación de petróleo y el enanismo de la actividad económica no petrolera.
En lo primero, la década chavista ha registrado avances, llevando la salud y la educación donde nunca habían llegado. Quienes niegan esto reducen el chavismo (o cualquier fenómeno político) a la categoría de locura colectiva, sin entender las razones concretas del empecinamiento de una persistente mayoría social en votar por el oficialismo.
En lo segundo, el saldo es un fracaso clamoroso. Pese a los esfuerzos y declamaciones, a haber intentado implantar la soja con know-how argentino y a las promesas de subsidios a los empresarios privados dispuestos a exportar, la economía nacional sigue siendo básicamente petróleo.
Las estatizaciones indiscriminadas, el mal manejo de muchas de las empresas nacionalizadas y las limitaciones de la inversión privada, nacional y extranjera, en el actual contexto político explican en buena medida este resultado.
De acuerdo con datos del Banco Central de Venezuela, las exportaciones no petroleras alcanzaron a u$s 775 millones en los doce meses terminados en junio, mientras que las correspondientes a la principal riqueza nacional fueron de u$s 15.260 millones sólo en el segundo trimestre del año.
Pero el cuadro negativo no se limita a esa disparidad. Por un lado, esos u$s 775 millones correspondieron en buena medida a ventas de empresas estatales, u$s 315 millones, sobre todo acero, plásticos, productos químicos, aluminio y hierro. La participación privada, en tanto, se recortó a u$s 460 millones. En todo un año.
Además, en lo que constituye toda una evidencia sobre las virtudes de los administradores chavistas, las exportaciones estatales no petroleras cayeron en doce meses un 20,8%, mientras que las privadas crecieron un 1,5%. En promedio, la caída general de las ventas externas no petroleras llegó a un 8,9% interanual, contra un aumento del 11,3% de las petroleras.
En comparación con 2006, la caída de las ventas no tradicionales alcanzó a un impactante 58%. En 1999, cuando Chávez asumió el poder, las exportaciones no petroleras eran el 20% del total; hoy son apenas el 5%.
El que Venezuela sea el quinto exportador mundial de petróleo se ha traducido en una histórica sobrevaluación de la moneda local. Esto ha favorecido al sector importador, limitando al extremo el desarrollo de una industria propia, incluso la productora de alimentos y bienes de consumo masivo, de cuya importación el país es altamente dependiente.
El bolivariano no sólo falló el modificar de modo virtuoso la estructura productiva y comercial del país, sino que terminó reforzando sus rasgos más deficientes. Así, las arcas fiscales (para solventar el gasto público) y la disponibilidad de divisas (para atender aquellas necesidades de importación de productos básicos) siguen sometidas a los vaivenes del crudo.
A todo esto contribuyó decisivamente el mantenimiento de una paridad bolívar-dólar que se mantuvo fija entre 2005 y enero último, agravada por haber sido Venezuela uno de los países con mayor inflación en el mundo, lo que deterioró sus términos de intercambio.
Hoy el país sigue sujeto a las oscilaciones en el precio internacional del crudo, por lo que mientras toda Sudamérica registra elevadas tasas de crecimiento, la “buena noticia” es que la economía local redujo su caída interanual de 5,8% en el primer trimestre del año a “sólo” 1,9% en el segundo. La recesión, o el estancamiento, persistirán, al menos, a lo largo del año, con una retracción de entre 2,5 y 3% según cálculos privados.
A diferencia de lo que ocurre en la gran mayoría de sus vecinos, en Venezuela no son lo suficientemente fuertes ni el crecimiento del mercado interno ni las exportaciones no tradicionales. Y, lo peor, es que la comparación se realiza con un año, 2009, en el que el precio del petróleo reflejó todo el impacto de la crisis global. Ahora lo que prima son los problemas internos. Hace sólo cuatro días, el propio Chávez señaló que «es necesario acelerar la construcción del nuevo modelo industrial. No podemos seguir siendo un país sólo petrolero, en eso nos convirtió el capitalismo”. Un reconocimiento, al fin, tanto de un problema como de un fracaso propio. Sólo que once años después.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).