Otro costado que seguramente lamenta es que honra esa promesa cuando, en lo político, ya poco importa. Si hace dos años Irak era un tema que cotizaba alto en las encuestas sobre las preocupaciones de los estadounidenses, hoy los desvelos se concentran en la maltrecha economía, en un desempleo que se resiste a bajar del 10% y en una sangría de puestos de trabajo que no se detiene.
El costo económico de la guerra, de casi un billón de dólares, alegan los demócratas, se aligerará, para bien de los contribuyentes. Sólo que ese alivio será en buena medida virtual, dado el esfuerzo extra que se concentrará en Afganistán, un conflicto mucho más importante en términos de antiterrorismo y seguridad nacional que en la actualidad está al borde del descontrol.
Al tenderle una mano a Bush, Obama acaso busque mostrarse confiable ante el electorado centrista del país, en momentos en que el nivel de rechazo a su gestión supera al de apoyo y cuando los republicanos son cada vez más favoritos para recuperar el control del Congreso en los comicios de noviembre.


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