En el plano político, cabe tanto congratularse con el derrumbe de la ominosa dictadura de Sadam Husein como inquietarse por las consecuencias de una inestabilidad que acaso se cronifique. A seis meses de los últimos comicios legislativos, cuyo resultado reflejó las fracturas políticas y confesionales del país, las negociaciones entre las alianzas más votadas (una sunita, liderada por el ex primer ministro Iyad Allawi, y una chiita, orientada por el actual premier Nuri al Maliki) siguen sin desembocar en la conformación de una mayoría de gobierno. Ante la virtual acefalía, los sueños sobre la implantación de una democracia occidental sólida en Irak y su irradiación a la región quedan en el recuerdo de los crédulos y los cínicos de 2003.

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