El escenario elegido, el modo y los términos con los que Barack Obama anunció el martes la retirada de las tropas de combate estadounidenses de Irak ilustran la distancia acumulada entre la promesa que representó como candidato y el giro realista que dio una vez instalado como presidente.
Habló a la nación en horario central desde el Despacho Oval, tal como George W. Bush lo hiciera al declarar en 2003 el comienzo de la guerra, destacó “el amor y el compromiso con la seguridad” nacional de éste y jalonó esos gestos con una obsequiosa llamada telefónica previa a su otrora detestado predecesor.
No sólo eso: al referirse al saldo de una guerra que dejó al menos 100.000 iraquíes muertos, casi 4.500 víctimas militares propias, una enorme devastación y graves consecuencias políticas de largo alcance, también se enorgulleció de lo que calificó como una demostración de que los Estados Unidos son capaces de “dar forma al futuro” y de que su país haya enviado al mundo el “mensaje” de que “pretende mantener y reforzar su liderazgo en este siglo joven». Toda una legitimación de la guerra, incluso la más indefendible en su génesis, como medio de imposición de poder.
Su anuncio implicó el cumplimiento de una promesa de campaña. Parcial, es cierto, ya que cuesta hablar de retirada cuando permanecerán en el país árabe 50.000 soldados hasta fin del año próximo y todavía está por verse cuál será la fuerza remanente más allá de ese momento, pero cumplimiento al fin. Pero, a la vez, entregó en bandeja a los republicanos un flanco para la crítica, toda vez que Obama se había opuesto a la estrategia militar de saturación lanzada por Bush en 2007 para poner en caja a la insurgencia terrorista. Lo que terminó saludando entonces fue el aparente éxito de una estrategia que él no acuñó y que, de hecho, cuestionó duramente.

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