Esta debilidad del gobierno central permite seguir especulando con un eventual desmembramiento del país. El petróleo, único recurso que puede hacerlo viable a largo plazo, está concentrado casi por mitades en el norte kurdo y en el sur chiita, dejando al centro de mayoría árabe sunita lleno de deseos de mantener su hegemonía política y vacío de riquezas para sustentarlos. La evolución de la situación de seguridad, y su impacto en la explotación del crudo, hará que en el futuro se hable más o menos de esa posible secesión.
Por ahora, el apetito de las multinacionales europeas se ha concentrado en el sur, donde el gobierno central chiita saliente ha podido imponer un esquema de concesiones basado en el pago de un canon, mientras que el de las estadounidenses apunta al norte, cuyas autoridades locales han avanzado en desafío a Bagdad con acuerdos que reconocen a los inversores un porcentaje de lo extraído.
La política petrolera de la posguerra es la consecuencia más trascendente de la invasión. Al revertir la nacionalización de 1972 y entregar la explotación a las grandes compañías internacionales, ofrece a Occidente una nueva fuente de crudo (que será fiable en la medida en que se estabilice el actual statu quo político)… y una bandera de lucha a los partidos nacionalistas.
Los halcones de la burocracia del Pentágono, un poder permanente dentro del poder y cuya permanencia no depende de las alternancias electorales, pueden vanagloriarse de haber dotado a los Estados Unidos de una nueva cabecera de playa en el Golfo Pérsico, que se suma a su dominio del mar y a su alianza militar con las monarquías petroleras de la Península Arábiga. Cierto, tanto como la garantía que esto representará en el futuro para las petroleras internacionales.
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