La antes mencionada tirria entre sunitas y chiitas, y entre diferentes facciones al interior de esas comunidades, se vincula también con otras consecuencias de la ocupación: la penetración de Al Qaeda en el país (uno de los argumentos falsos que sirvió para justificar la invasión, pero que terminó concretándose con ésta) y la emergencia de un Irán más fuerte como potencia regional, capaz de influir en la política interna de Irak a través de su influjo sobre la comunidad chiita y de avanzar más libremente, gracias a la debilidad de su tradicional rival, en un sospechoso plan nuclear. Desarrollo, este último, que amenaza ahora con un nuevo estallido bélico.
Estados Unidos mantendrá por los próximos dieciséis meses una poderosa fuerza de ocupación que, aunque tenga como misión esencial hacer inteligencia y entrenar a las fuerzas de seguridad locales, no se privará de entrar en combate si es necesario. Con todo, la fuerte merma de su capacidad de fuego impide a todos los analistas descartar un posible rebrote de la insurgencia. Esa eventualidad podría resultar fatal y alterar todos los planes.
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