La tentación de predecir puede ser la ruina de cualquier analista. Y es grande la de augurar un fracaso total en el caso de las negociaciones de paz palestino-israelíes puestas en marcha en estas horas en la casa Blanca. Así que, medrosos, diremos solamente que sus posibilidades de éxito son muy, muy pequeñas.
Hay que reconocerle a Barack Obama el optimismo, el empuje. La decisión, en definitiva, de sentar a la misma mesa a Benjamín Netanyahu y a Mahmud Abás (Abu Mazen), aunque el viento sople fuerte y en contra.
Si la actual situación tiene alguna ventaja, es que la agenda está más que clara y no debe ni ser enunciada:
- Surgimiento de un Estado palestino independiente.
- Si este tendrá la libertad de crear fuerzas de seguridad propias o si deberá surgir desarmado, apenas con una guardia nacional para combatir el delito interno y el terrorismo, como pretende Israel.
- Si Israel cederá los suburbios del Este de Jerusalén para que se establezca allí la capital del nuevo Estado.
- Si el Estado judío aceptará el derecho de retorno de millones de palestinos refugiados desde la Guerra de Independencia de Israel (en gran medida por el terror que provocaron matanzas incalificables y acalladas por la historia oficial) y los conflictos posteriores. O si, en cambio, los palestinos aceptan que eso no será posible y se acuerda algún esquema de compensaciones económicas para quienes, en muchos casos, aún conservan las llaves de sus antiguas casas con la esperanza empecinada del regreso.
- El reclamo palestino y hasta de Obama, desafiado por Israel, de detener completamente la construcción en los asentamientos para dar lugar a negociaciones serias. Esto ha derivado, recordémoslo, en un deterioro inédito en décadas en las relaciones entre Estados Unidos e Israel, apenas disimuladas en el último tiempo.
- Cómo se logra ya no volver a las fronteras de 1967, como se desearía, sino al menos acercarse a ellas. Eso supondría un enrevesado canje de territorios que permitiría a Israel conservar el grueso de las colonias construidas en Cisjordania… y lo obligaría a evacuar los asentamientos considerados no centrales para su seguridad. Este es todo un problema. Si la evacuación de 8.100 colonos de Gaza fue un drama nacional que estuvo a punto de fracturar las cadenas de mando en el ejército, ¿Qué cabe esperar en Cisjordania, donde hay 300.000 colonos, y la salida de, digamos, un 10 ó un 20% de ellos tomaría rasgos de una posible confrontación interna?
Los desafíos son enormes e inversamente proporcionales a la capacidad de los líderes de uno y otro lado de imponerlos en sus respectivos frentes internos. Si caudillos fuertes como Isaac Rabin y Yaser Arafat no tuvieron la fuerza suficiente, ¿la tendrán Netanyahu, cuya estabilidad depende de su alianza con partidos de la ultraderecha nacionalista más recalcitrante, y Abás, desgastado y confinado a Cisjordania, sin posibilidad siquiera de viajar a Gaza, territorio controlado de facto por los ultras de Hamás? Lo más cerca que se estuvo de un acuerdo fue en 2000, cuando un Bill Clinton de salida no logró imponer una solución a Ehud Barak y a Arafat, pese a que el primero ofreció concesiones que difícilmente se repetirán esta vez y que fueron consideradas insuficientes por el rais.
Los atentados de Hamás de los últimos días pusieron de manifiesto al menos dos cosas. Por lo pronto, el potencial explosivo de la creciente presencia de colonos israelíes en territorio árabe. No obstante lo injusto de la misma, convengamos que el asesinato de cuatro personas, entre ellas una mujer embarazada, es imperdonable. En relación con esto, y en segundo lugar, queda clara la voluntad de los halcones y los terroristas de impedir cualquier posibilidad de acuerdo.
El camino del fracaso se ha recorrido ya muchas veces. Esta vez bien puede repetirse esa historia. Pero no hay derecho a perder para siempre el optimismo cuando tanta gente sigue sufriendo y muriendo.

