Sorprende que el análisis económico tenga niveles de modelización y sofisticación verdaderamente elevados pero que, a la vez, esté tan atravesado por supersticiones ideológicas. Sé que esta idea no es novedosa, pero no cabe otra cosa que recordarla cuando se repasan las conclusiones del informe conjunto que elaboraron la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el inefable Fondo Monetario Internacional y que será base de la Conferencia que se realizará el próximo día 13 en Oslo.
Este calcula que la crisis global ha llevado el número de personas sin empleo en todo el mundo a 210 millones, 30 millones por encima del nivel de 2007. Lo curioso es que la receta que el FMI sigue recomendando a los países afectados (particularmente al más dañado, España), la flexibilización de los mercados de trabajo nacionales (esto es, la desprotección y pérdida de derechos de los trabajadores), se contradice abiertamente con los hallazgos empíricos del propio informe. Contra la fe no se puede.
En concreto, el informe dice que los países desarrollados más afectados por la suba del desempleo debido a la ya denominada Gran Recesión han sido España, Estados Unidos y Nueva Zelanda, mientras que los que mejor la soportaron han sido Alemania y Noruega.
Es insólito, pero esto nos dice que los países más afectados son, como indica el sentido común (un bien escaso en el Fondo), aquellos que han ofrecido a los trabajadores condiciones más precarias, mientras que los más resistentes han sido los que cuentan con mercados laborales rígidos.
Puede argüirse que España no tiene un mercado de trabajo flexible, algo que el socialista José Luis Rodríguez Zapatero ha prometido cambiar “cueste lo que cueste”.
Sin embargo, más allá de la letra muerta de leyes que no se aplican, ¿cómo se debe clasificar a un país en el que uno de cada cuatro empleos son temporales y precarios, además de un desempleo juvenil del 40%? Vamos…
Mientras, en cuanto a Estados Unidos y Nueva Zelanda no se puede plantear ninguna duda en cuanto a sus credenciales de flexibilidad. Un dato, según el propio informe, sólo España y Estados Unidos dan cuenta de la pérdida de más de 10 millones de los 30 millones de puestos de trabajo destruidos desde 2007 (8,7 millones el primero, 2,7 millones la segunda).
Incorregible, el FMI invita al gobierno de Rodríguez Zapatero a “situar los niveles de protección de los trabajadores fijos en el nivel mínimo de la eurozona”, lo que –asegura- permitiría reducir el porcentaje de empleos temporales del actual 24,8% a 13,5%. Traduciendo: se trata de blanquear la precariedad, hacerla “fija” y generalizarla a todo el mercado. Pero eso no supone una mejora de las condiciones de trabajo sino un cambio meramente semántico: se trata de llamar “empleo estable” lo que hoy es considerado simplemente “empleo basura”.
Con todo, aunque cueste creerlo, la recomendación será escuchada, sobre todo por los gobernantes de los países más afectados. La Conferencia de Oslo se verá prestigiada por la anunciada presencia de Rodríguez Zapatero y del primer ministro griego Giorgos Papandreu. Y, claro, por Dominique Strauss-Kahn, “el socialista que dirige el Fondo Monetario y que está a la izquierda de Néstor Kirchner”.
Este calcula que la crisis global ha llevado el número de personas sin empleo en todo el mundo a 210 millones, 30 millones por encima del nivel de 2007. Lo curioso es que la receta que el FMI sigue recomendando a los países afectados (particularmente al más dañado, España), la flexibilización de los mercados de trabajo nacionales (esto es, la desprotección y pérdida de derechos de los trabajadores), se contradice abiertamente con los hallazgos empíricos del propio informe. Contra la fe no se puede.
En concreto, el informe dice que los países desarrollados más afectados por la suba del desempleo debido a la ya denominada Gran Recesión han sido España, Estados Unidos y Nueva Zelanda, mientras que los que mejor la soportaron han sido Alemania y Noruega.
Es insólito, pero esto nos dice que los países más afectados son, como indica el sentido común (un bien escaso en el Fondo), aquellos que han ofrecido a los trabajadores condiciones más precarias, mientras que los más resistentes han sido los que cuentan con mercados laborales rígidos.
Puede argüirse que España no tiene un mercado de trabajo flexible, algo que el socialista José Luis Rodríguez Zapatero ha prometido cambiar “cueste lo que cueste”.
Sin embargo, más allá de la letra muerta de leyes que no se aplican, ¿cómo se debe clasificar a un país en el que uno de cada cuatro empleos son temporales y precarios, además de un desempleo juvenil del 40%? Vamos…
Mientras, en cuanto a Estados Unidos y Nueva Zelanda no se puede plantear ninguna duda en cuanto a sus credenciales de flexibilidad. Un dato, según el propio informe, sólo España y Estados Unidos dan cuenta de la pérdida de más de 10 millones de los 30 millones de puestos de trabajo destruidos desde 2007 (8,7 millones el primero, 2,7 millones la segunda).
Incorregible, el FMI invita al gobierno de Rodríguez Zapatero a “situar los niveles de protección de los trabajadores fijos en el nivel mínimo de la eurozona”, lo que –asegura- permitiría reducir el porcentaje de empleos temporales del actual 24,8% a 13,5%. Traduciendo: se trata de blanquear la precariedad, hacerla “fija” y generalizarla a todo el mercado. Pero eso no supone una mejora de las condiciones de trabajo sino un cambio meramente semántico: se trata de llamar “empleo estable” lo que hoy es considerado simplemente “empleo basura”.
Con todo, aunque cueste creerlo, la recomendación será escuchada, sobre todo por los gobernantes de los países más afectados. La Conferencia de Oslo se verá prestigiada por la anunciada presencia de Rodríguez Zapatero y del primer ministro griego Giorgos Papandreu. Y, claro, por Dominique Strauss-Kahn, “el socialista que dirige el Fondo Monetario y que está a la izquierda de Néstor Kirchner”.

