El acuerdo de Camp David, por el que Israel y Egipto sellaron la paz en 1978, dejó establecido en el sentido común del primero de esos países que sólo los “halcones” son capaces de cerrar los grandes acuerdos. El planteo es que, al actuar con pragmatismo, los duros no dejan dudas de que no están descuidando la seguridad nacional y recogen todo el apoyo político desde su posición hacia la izquierda. Contrario sensu, cuando las “palomas” ofrecen la paz dejan dudas acerca de las garantías de seguridad que exigen y provocan un enfrentamiento derecha izquierda que deja sin sustento social la movida diplomática.
El planteo suena razonable, pero su exageración hace que se generen expectativas desmedidas cada vez que un líder israelí del sector más recalcitrante acepta, en general a regañadientes y por presión de Estados Unidos, sentarse a una mesa de negociaciones. Es lo que ocurre hoy con Benjamín Netanyahu, pese a lo mucho que se ha escrito en los últimos días acerca de la posibilidad de que israelíes y palestinos logren, por fin, un acuerdo de paz. Una posibilidad más que incierta.
Un problema de peso y que suele ser ignorado es la limitación que supone para Netanyahu la conformación de su alianza de gobierno. Eso en caso, claro, de que el primer ministro tenga verdaderamente una posición pacificadora, algo de lo que no hizo gala en su primer gestión (1996-1999), marcada por el lamentable bloqueo al proceso de paz iniciado en Oslo.
Retomando el punto, el principal obstáculo para un verdadero compromiso israelí con una negociación radica hoy dentro del propio gabinete y de la mayoría parlamentaria que le da sustento. Sobre todo por la participación en ellos del Partido ultranacionalista Israel Beitenu (Israel Nuestra Casa) de Avigdor Lieberman (foto).
La noticia del ingreso del ascendente Israel Beitenu al gabinete al comienzo de la gestión Netanyahu causó consternación en el mundo. No sólo por su historial, jalonado por propuestas como condicionar la ciudadanía israelí a la minoría árabe a un juramento de fidelidad al Estado, sino por el hecho de que se le entregaban las carteras clave para bloquear cualquier iniciativa negociadora: Relaciones Exteriores (¡nada menos!) e Infraestructura Nacional, la encargada de hacer avanzar la construcción de asentamientos en Cisjordania ocupada, una política de larga data que no hace más que reducir cada vez más el territorio de un futuro Estado palestino e inviabilizar su creación.
Ni bien llegó Netanyahu de Washington, con el compromiso de seguir negociando para alumbrar un acuerdo de paz y un Estado palestino en un plazo de un año, el canciller y líder de Israel Beitenu, Avigdor Lieberman, zanjó la cuestión: «firmar un acuerdo de paz global es un objetivo inalcanzable este año o en esta generación».
Asimismo, agregó que no hay «ningún mago que pueda cerrar la brecha entre nuestras posiciones y las de los palestinos en un año», independientemente de los «compromisos históricos o concesiones dolorosas» que se realicen. «Estamos dispuestos a hablar de todo, pero no habrá más gestos unilaterales. No aceptaremos ninguna moratoria (de la construcción) en los asentamientos, ni de seis meses, ni de tres, ni de un minuto», remató. Un desafío directo del canciller de Israel al presidente de Estados Unidos, nada menos.
Gaza, recordemos, es santuario del grupo terrorista Hamás, que ha jurado torpedear con atentados el proceso negociador y que ha marcado también de modo dramático los límites de lo que el presiente palestino moderado Mahmud Abás (Abú Mazen) puede ofrecer en la mesa de diálogo.
Así las cosas, el panorama comienza a aclararse. Si los dichos de Lieberman son en serio (y nada hace pensar que no lo sean), este moldavo llegado a Israel a los 20 años acaba de marcarle la cancha a Netanyahu: si obedece a Barack Obama, deberá dejar de contar con su partido. Y, así, dejar de ser primer ministro de Israel.
Pero paz no habrá.
El planteo suena razonable, pero su exageración hace que se generen expectativas desmedidas cada vez que un líder israelí del sector más recalcitrante acepta, en general a regañadientes y por presión de Estados Unidos, sentarse a una mesa de negociaciones. Es lo que ocurre hoy con Benjamín Netanyahu, pese a lo mucho que se ha escrito en los últimos días acerca de la posibilidad de que israelíes y palestinos logren, por fin, un acuerdo de paz. Una posibilidad más que incierta.
Un problema de peso y que suele ser ignorado es la limitación que supone para Netanyahu la conformación de su alianza de gobierno. Eso en caso, claro, de que el primer ministro tenga verdaderamente una posición pacificadora, algo de lo que no hizo gala en su primer gestión (1996-1999), marcada por el lamentable bloqueo al proceso de paz iniciado en Oslo.
Retomando el punto, el principal obstáculo para un verdadero compromiso israelí con una negociación radica hoy dentro del propio gabinete y de la mayoría parlamentaria que le da sustento. Sobre todo por la participación en ellos del Partido ultranacionalista Israel Beitenu (Israel Nuestra Casa) de Avigdor Lieberman (foto).
La noticia del ingreso del ascendente Israel Beitenu al gabinete al comienzo de la gestión Netanyahu causó consternación en el mundo. No sólo por su historial, jalonado por propuestas como condicionar la ciudadanía israelí a la minoría árabe a un juramento de fidelidad al Estado, sino por el hecho de que se le entregaban las carteras clave para bloquear cualquier iniciativa negociadora: Relaciones Exteriores (¡nada menos!) e Infraestructura Nacional, la encargada de hacer avanzar la construcción de asentamientos en Cisjordania ocupada, una política de larga data que no hace más que reducir cada vez más el territorio de un futuro Estado palestino e inviabilizar su creación.
Ni bien llegó Netanyahu de Washington, con el compromiso de seguir negociando para alumbrar un acuerdo de paz y un Estado palestino en un plazo de un año, el canciller y líder de Israel Beitenu, Avigdor Lieberman, zanjó la cuestión: «firmar un acuerdo de paz global es un objetivo inalcanzable este año o en esta generación».
Asimismo, agregó que no hay «ningún mago que pueda cerrar la brecha entre nuestras posiciones y las de los palestinos en un año», independientemente de los «compromisos históricos o concesiones dolorosas» que se realicen. «Estamos dispuestos a hablar de todo, pero no habrá más gestos unilaterales. No aceptaremos ninguna moratoria (de la construcción) en los asentamientos, ni de seis meses, ni de tres, ni de un minuto», remató. Un desafío directo del canciller de Israel al presidente de Estados Unidos, nada menos.
Gaza, recordemos, es santuario del grupo terrorista Hamás, que ha jurado torpedear con atentados el proceso negociador y que ha marcado también de modo dramático los límites de lo que el presiente palestino moderado Mahmud Abás (Abú Mazen) puede ofrecer en la mesa de diálogo.
Así las cosas, el panorama comienza a aclararse. Si los dichos de Lieberman son en serio (y nada hace pensar que no lo sean), este moldavo llegado a Israel a los 20 años acaba de marcarle la cancha a Netanyahu: si obedece a Barack Obama, deberá dejar de contar con su partido. Y, así, dejar de ser primer ministro de Israel.
Pero paz no habrá.

