Raúl Castro ya había dado indicios de su voluntad de reformar la economía cubana, eliminando absurdas e irritantes restricciones a la compra de teléfonos celulares y otros productos tecnológicos y estimulando reformas en la estructura de tenencia de la tierra. La parálisis económica y, derivado de esto, el peso que supone la necesidad de importar la mayoría de los alimentos que se consumen en el país implicaba incrementar drásticamente la producción agrícola.
Pero eso no basta y el propio líder de la Revolución, Fidel Castro, sorprendentemente reaparecido, declaró que “el modelo cubano ya no sirve ni para los cubanos”. Aclaraciones de rigor y declaraciones consabidas de que lo habían sacado de contexto aparte, la advertencia quedaba planteada.
El anuncio del lunes, llamativamente lanzado oficiosamente a través de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y no mediante un decreto o ley oficial, va más allá de todo lo conocido: el Estado se deshará de 500.000 puestos de trabajo en los próximos seis meses y de otro tanto a posteriori (un 20% de la plantilla de estatales, a su vez 85% de la población activa), admitido que no puede seguir costeando semejante nivel de gastos.
No es claro, que los salarios que paga sean generosos (apenas unos 20 dólares promedio), sino de la carga que representa asegurar un empleo a cada ciudadano más allá de los requerimientos de trabajo que impone la economía, además de costear cartillas de alimentos subsidiados y sistemas de educación y salud abarcativos.
La idea es que los cesanteados en áreas en las que no cumplen funciones efectivas sean absorbidos en actividades necesitadas de mano de obra, como las rurales. O, en su defecto, que reciban licencias para trabajar por cuenta propia en ramos tan disímiles como el remiendo de zapatos, la mecánica de autos o actividades comerciales varias.
La pregunta es si el mercado doméstico dará para absorber la nueva oferta de servicios, y si los planes (por fuerza dolorosos) podrán ser cumplidos en los plazos previstos.
Lo cierto, en todo caso, es que, a diferencia de las medidas cosméticas de la primera etapa de Raúl Castro, como autorizar la compra de un celular a quienes no pueden costear el abono telefónico, ahora sí la reforma va a fondo. Que dolerá. Que la promoción del turismo para extranjeros como una economía paralela ya es una respuesta insuficiente. Y que queda admitido el agotamiento terminal del modelo. Ojalá que parte de lo que se reemplace sea también, y cuanto antes, la restricción de los viajes al exterior, la falta de democracia, la represión de las opiniones disidentes y la violación de los derechos humanos.
Acaso ahora se comprende el motivo de la inesperada rentrée de Fidel Castro, sobre la que se teorizó mucho y con poca precisión en un comienzo. La línea preponderante indicaba que era un modo de marcar el peso de la ortodoxia revolucionaria para limitar los planes de reforma de Raúl.
Tras los dichos del Comandante y las medidas anunciadas, queda claro que sobre Cuba se teoriza mucho y se sabe bastante poco.
Pero eso no basta y el propio líder de la Revolución, Fidel Castro, sorprendentemente reaparecido, declaró que “el modelo cubano ya no sirve ni para los cubanos”. Aclaraciones de rigor y declaraciones consabidas de que lo habían sacado de contexto aparte, la advertencia quedaba planteada.
El anuncio del lunes, llamativamente lanzado oficiosamente a través de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y no mediante un decreto o ley oficial, va más allá de todo lo conocido: el Estado se deshará de 500.000 puestos de trabajo en los próximos seis meses y de otro tanto a posteriori (un 20% de la plantilla de estatales, a su vez 85% de la población activa), admitido que no puede seguir costeando semejante nivel de gastos.
No es claro, que los salarios que paga sean generosos (apenas unos 20 dólares promedio), sino de la carga que representa asegurar un empleo a cada ciudadano más allá de los requerimientos de trabajo que impone la economía, además de costear cartillas de alimentos subsidiados y sistemas de educación y salud abarcativos.
La idea es que los cesanteados en áreas en las que no cumplen funciones efectivas sean absorbidos en actividades necesitadas de mano de obra, como las rurales. O, en su defecto, que reciban licencias para trabajar por cuenta propia en ramos tan disímiles como el remiendo de zapatos, la mecánica de autos o actividades comerciales varias.
La pregunta es si el mercado doméstico dará para absorber la nueva oferta de servicios, y si los planes (por fuerza dolorosos) podrán ser cumplidos en los plazos previstos.
Lo cierto, en todo caso, es que, a diferencia de las medidas cosméticas de la primera etapa de Raúl Castro, como autorizar la compra de un celular a quienes no pueden costear el abono telefónico, ahora sí la reforma va a fondo. Que dolerá. Que la promoción del turismo para extranjeros como una economía paralela ya es una respuesta insuficiente. Y que queda admitido el agotamiento terminal del modelo. Ojalá que parte de lo que se reemplace sea también, y cuanto antes, la restricción de los viajes al exterior, la falta de democracia, la represión de las opiniones disidentes y la violación de los derechos humanos.
Acaso ahora se comprende el motivo de la inesperada rentrée de Fidel Castro, sobre la que se teorizó mucho y con poca precisión en un comienzo. La línea preponderante indicaba que era un modo de marcar el peso de la ortodoxia revolucionaria para limitar los planes de reforma de Raúl.
Tras los dichos del Comandante y las medidas anunciadas, queda claro que sobre Cuba se teoriza mucho y se sabe bastante poco.

