(Gráfico publicado por Ámbito Financiero).
Con una economía que, a contramano de lo que ocurre en el resto de Sudamérica, cayó en el primer semestre 3,5%, con una inflación de alrededor del 30% anual, con una inseguridad más aguda que lo habitual, con problemas recientes de suministro eléctrico y de abastecimiento de algunos productos sensibles, la oposición a Hugo Chávez soñaba con que las elecciones legislativas que se realizarán este domingo le permitirían pegar un salto impactante para, en 2012, directamente sacar del poder al bolivariano en las presidenciales.
Alimentaba ese sueño el resultado de las elecciones estaduales y municipales de 2008, cuando opositores se impusieron en las gobernaciones de Zulia, Carabobo, Miranda, Nueva Esparta y Táchira, además de las alcaldías de Caracas, Maracaibo y Sucre.
El optimismo creció a medida que los partidos opositores, algunos de ellos tradicionales y en baja (como Copei y Acción Democrática), y otros desprendidos de aquellos, avanzaron en la unificación de candidaturas al conformar la Mesa de Unidad Democrática (MUD).
Las encuestas, al menos en las que se puede creer, arrojan para el domingo una leve preeminencia de los candidatos chavistas (52% a 48%, pero muestran un nivel de indecisos tan elevado (37%) que hace pensar más en un “voto vergonzante” (habrá que ver en qué sentido) que en verdadero despiste.
Pese a todo lo dicho, resulta que Chávez sigue teniendo un predicamento realmente fuerte en la Venezuela pobre. Y, además, cuenta con una herramienta legal que, a pesar de la presunta paridad de la intención de voto, podría acercarlo a su objetivo de máxima: obtener dos tercios de las 165 bancas en juego, lo que le permitiría acelerar con su programa y, acaso, insistir con la reforma constitucional frustrada en diciembre de 2007.
¿Un milagro? No, ese sería el resultado de una oposición que recién ahora parece buscar el camino de la legalidad y el voto popular para imponer sus proyectos, después de haber apostado irresponsablemente por el golpe de Estado (abril de 2002), el lock-out patronal (fines de 2002, comienzos de 2003) y la abstención electoral en las legislativas de 2005.
De esto último resulta que, más allá de escisiones que no fueron más allá del 10% de la Asamblea Nacional (poder legislativo unicameral), el chavismo haya controlado el cuerpo a voluntad en los últimos años. Así, el año pasado aprobó la Ley Orgánica de Procesos Electorales, que reformó todo el esquema de circunscripciones del país, sobrerrepresentando los distritos menos poblados y, con ello, el voto oficialista.
La oposición, tarde, denuncia que debido a esto un estado poderoso como Zulia necesita una votación diez veces superior al de otro más despoblado, como Delta Amacuro, para elegir un diputado.
¿Juego desleal del chavismo? Seguro. Pero también resultado de la apuesta absurda de quienes pretendieron encontrar atajos para sacar del poder a un presidente que, más allá de sus luces y sombras, del ahogo a la prensa y de su fracaso en cumplir con sus promesas de diversificar la economía, fue votado mayoritariamente catorce veces en once años.
Alimentaba ese sueño el resultado de las elecciones estaduales y municipales de 2008, cuando opositores se impusieron en las gobernaciones de Zulia, Carabobo, Miranda, Nueva Esparta y Táchira, además de las alcaldías de Caracas, Maracaibo y Sucre.
El optimismo creció a medida que los partidos opositores, algunos de ellos tradicionales y en baja (como Copei y Acción Democrática), y otros desprendidos de aquellos, avanzaron en la unificación de candidaturas al conformar la Mesa de Unidad Democrática (MUD).
Las encuestas, al menos en las que se puede creer, arrojan para el domingo una leve preeminencia de los candidatos chavistas (52% a 48%, pero muestran un nivel de indecisos tan elevado (37%) que hace pensar más en un “voto vergonzante” (habrá que ver en qué sentido) que en verdadero despiste.
Pese a todo lo dicho, resulta que Chávez sigue teniendo un predicamento realmente fuerte en la Venezuela pobre. Y, además, cuenta con una herramienta legal que, a pesar de la presunta paridad de la intención de voto, podría acercarlo a su objetivo de máxima: obtener dos tercios de las 165 bancas en juego, lo que le permitiría acelerar con su programa y, acaso, insistir con la reforma constitucional frustrada en diciembre de 2007.
¿Un milagro? No, ese sería el resultado de una oposición que recién ahora parece buscar el camino de la legalidad y el voto popular para imponer sus proyectos, después de haber apostado irresponsablemente por el golpe de Estado (abril de 2002), el lock-out patronal (fines de 2002, comienzos de 2003) y la abstención electoral en las legislativas de 2005.
De esto último resulta que, más allá de escisiones que no fueron más allá del 10% de la Asamblea Nacional (poder legislativo unicameral), el chavismo haya controlado el cuerpo a voluntad en los últimos años. Así, el año pasado aprobó la Ley Orgánica de Procesos Electorales, que reformó todo el esquema de circunscripciones del país, sobrerrepresentando los distritos menos poblados y, con ello, el voto oficialista.
La oposición, tarde, denuncia que debido a esto un estado poderoso como Zulia necesita una votación diez veces superior al de otro más despoblado, como Delta Amacuro, para elegir un diputado.
¿Juego desleal del chavismo? Seguro. Pero también resultado de la apuesta absurda de quienes pretendieron encontrar atajos para sacar del poder a un presidente que, más allá de sus luces y sombras, del ahogo a la prensa y de su fracaso en cumplir con sus promesas de diversificar la economía, fue votado mayoritariamente catorce veces en once años.
