La incursión de Cristina Kirchner en Nueva York está dejando pistas muy interesantes sobre la política exterior argentina, las que, si bien no alteran las bases recientes de esta, remarcan algunos de sus rasgos principales.
Por un lado, hay que destacar la evidente búsqueda de una sintonía cada vez mayor con el gobierno de los Estados Unidos. Algo que no es nuevo, porque es notorio que nuestro país es considerado por la Casa Blanca un aliado en cada uno de los temas que le interesan en realidad en relación con la región: terrorismo, narcotráfico, lavado de dinero, Irán. Esto a pesar de los que siguen hablando sin fundamento acerca de la “chavización” del gobierno.
Pero si no se trata de una tendencia novedosa, sí es una que se está profundizando. ¿Cómo leer, si no, la gentileza en cada cruce con Barack Obama, la mención de la Presidenta ante la Asamblea General de la ONU del tema palestino en los mismos términos que había planteado el estadounidense (el surgimiento de un Estado independiente antes de un año), la mención a la cuestión ambiental? ¡La retirada de la delegación argentina antes del discurso del iraní Mahmud Ahmadineyad! Algo que precedió a actitud análoga de la norteamericana cuando este, fiel a su insistencia en culpar a las víctimas de las tragedias ajenas, calificó el 11-S de autoatentado.
Y la recíproca, algo calculado, sin dudas: la alusión del estadounidense a las Madres de Plaza de Mayo. Gestos y más gestos.
Lo anterior no es bueno por una mera cuestión de marketing, de actos tribuneros o de fotos que puedan “pagar” políticamente puertas adentro. Lo correcto es no confrontar por confrontar y dejar los desacuerdos para cuando se plantean cuestiones que realmente la Argentina debe resistir, como el ALCA en su momento.
Volviendo a la cuestión de Irán, la tirria con nuestro país se alimenta, claro, del tema AMIA, pero es funcional al enfrentamiento planteado por Washington por el tema nuclear. Algo en lo que el kirchnerismo se diferencia de Brasil, empeñado en una más que polémica (e irritante para Estados Unidos) aproximación al régimen teocrático y violador de los derechos humanos. Y de Venezuela, claro, algo que aunque aquí muchas veces se ignore es, felizmente, comprendido por quienes deben hacerlo.
La propuesta de un juicio a los iraníes acusados en un tercer país fue una vuelta de tuerca inteligente, que, más allá del resultado que finalmente tenga, reactualiza el tema en el plano internacional, deja en una situación incómoda a los elementos más duros del régimen de Teherán y, acaso (y en la limitada medida de la capacidad de influencia nacional), atiza dentro de este un debate con los sectores que plantean la conveniencia de un cierto regreso del país a la comunidad internacional. Obama, seguramente, sonríe también por esto.
La asunción al frente del G-77 es otro punto a favor, sin dudas.
Otra (gentil y acertada) diferencia se marcó con Brasil. El Consejo de Seguridad debe ser reformado… pero en un sentido diferente al propuesto por ese país. Cristina Kirchner no lo planteó explícitamente en su discurso, pero trabaja junto a Italia, México, Pakistán y Corea del Sur en un esquema que amplíe la representación en función de regiones, no de países clave, como pretende Itamaraty. Brasil debe ser un socio y aliado de nuestro país, seguramente el primero, pero tiene sus propios intereses y la Argentina no debe hace un seguidismo automático de sus posturas. Bien por no haber planteado un enfrentamiento en el discurso; bien también por privilegiar el interés nacional.