Los «escuálidos», tal como llama Hugo Chávez a sus detractores, ya no lo son tanto. Las elecciones legislativas del domingo delinearon un panorama político novedoso en ese país, con un oficialismo en baja y una oposición en crecimiento, que lleva ya a pensar en la puja a todo o nada que será la presidencial de 2012.
Anoche, al cierre de esta edición y un día después del cierre de la votación, el Consejo Nacional Electoral mantenía un insólito silencio sobre los porcentajes del voto popular que acompañaron al chavista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y a la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD), dato clave para analizar debidamente lo que pasó y lo que vendrá y para poder hablar con propiedad de victorias o derrotas. Con todo, por lo bajo se aceptaba el triunfo de la MUD, que según sus referentes se dio por un margen de 51% (que incluye al chavismo disidente) contra 46,4% del gobierno.
Esto, de confirmarse, es central, dado que el bolivariano se había impuesto en doce de las trece votaciones anteriores (desde elecciones presidenciales hasta referendos revocatorios, pasando por comicios regionales) y sólo había perdido por ínfimo margen, apenas 1,2 punto porcentual, la consulta constitucional de diciembre de 2007. Su aura de virtual invencibilidad desaparece de repente.
Lo que el CNE sí brindó fue su proyección de bancas en la nueva Asamblea Nacional unicameral de 165 miembros, con, por ahora, 98 bancas para el PSUV, 65 para la oposición y apenas dos para los poschavistas de Patria para Todos (PPT).
A contramano de lo que se supone que ocurrió en la votación popular, estos números señalan una victoria del Presidente. Si los dos tercios necesarios (110 bancas) para hacer pasar posibles reformas constitucionales y nombramientos de magistrados y al filo de los tres quintos (99) que la Constitución bolivariana requiere para que el legislativo le ceda facultades y pueda gobernar por decreto. Pero con una mayoría absoluta suficientemente holgada como para seguir avanzando con su programa socializante.
¿Derrota o triunfo, entonces? Las dos cosas. El puente entre los dos términos de esta disyuntiva es la sucesión de reformas electorales, que comenzó con la eliminación del Senado en la reforma constitucional de 1999 y que culminó en agosto con el cambio de la ponderación del voto en los diferentes distritos electorales.
Así, según explica hoy en su edición el diario El Universal, los seis estados más poblados de Venezuela (Zulia, Miranda, Carabobo, Lara, Aragua y el Distrito Capital) concentran el 52% del padrón pero solo eligen el 39% de las bancas.
No debería llamar la atención que las normas beneficien a los distritos menos poblados, más pobres o más alejados del centro. Eso ocurre en la Argentina, por caso, donde Tierra del Fuego elige un diputado por cada 17.600 habitantes y la provincia de Buenos Aires uno por cada 143.600. Es más, ese desequilibrio «progresivo» tiene más sentido en un país como Venezuela, donde no hay un Senado en el que todos los estados provinciales tengan una representación equivalente. Pero lo que no puede soslayarse es que el chavismo avanzó con esa reforma de manera unilateral y que, no curiosamente, esos estados menos poblados son los más permeables a su prédica.
Intención política, sin duda. Pero que fue posible por la irresponsable decisión de la oposición de boicotear las elecciones legislativas de 2005, que dejó al oficialismo con la totalidad de las bancas. Se alegó entonces la falta de garantías de que el proceso electoral sería limpio. Si los impulsores de la abstención antisistema tenían razón entonces, ¿cómo fue posible su desempeño del domingo, qué explica su euforia de ayer?
Tal actitud no sólo propició la mencionada reforma electoral sino que fue clave para que Chávez pudiera habilitar otro referendo constitucional para consagrar su reelección indefinida, algo que había sido rechazado en el de 2007.
Hay que celebrar que la oposición venezolana vuelva al sistema político, que haya vuelto a confiar en la democracia y haya dejado de apostar al golpe de Estado (abril de 2002), al lock-out patronal (entre diciembre de ese año y enero de 2003) y a la abstención electoral (2005).
Demasiado dislate para un país ya afectado por los extremos del Presidente, por su lenguaje intimidatorio y militarista, por el cierre del canal de TV más popular (una medida legal pero controvertida y motivada políticamente), por la desaparición de 34 radios y por la censura judicial aplicada recientemente a los medios gráficos que osaron publicar fotos de muertos por la ola de inseguridad.
De cualquier manera, para la oposición ahora se abre un desafío difícil. Es mucho más sencillo dejar de lado diferencias programáticas y personales para presentar listas unificadas para el parlamento que consensuar una candidatura presidencial única para 2012. Por otro lado, aun en caso de imponerse en esa contienda, el futuro presidente deberá lidiar con una AN dominada por el chavismo y con una ley electoral que le hará muy difícil obtener la mayoría en las legislativas de 2015.
Por otro lado, no deberá subestimar la capacidad política de Chávez, aun en estas horas bajas. Si el Presidente saca casi la mitad de los votos en una contienda en la que no compite personalmente, si lo hace en medio de una recesión que comenzó el año pasado y todavía persiste, si lo hace después de una crisis energética gravísima y en medio de un empinamiento de la inflación al 30%, ¿que podría pasar si esos factores se atemperan y la economía, siempre dependiente del petróleo, comienza a dar alivio?
El conflicto político, se supone, irá en ascenso. Las desafiantes declaraciones de anoche de un Chávez golpeado pero inflamable lo anticipan. La polarización también crecerá. Así lo atestigua la suerte que corrió el PPT, que pasó del oficialismo a la oposición cuando el bolivariano ordenó fusionar toda su tropa en el PSUV. Con su prédica de una suerte de un chavismo sin Chávez, de defensa del «modelo de transformación» pero sin los excesos autocráticos del caudillo, pasó de tener seis diputados a sólo dos. El tiempo que viene no es para tibios.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

