Con el correr de los días se ha instalado un contrarrelato sobre los sucesos del jueves en Ecuador, según el cual toda la convulsión de esa jornada violenta respondió a un planteo policial de tipo gremial mal encaminado y que terminó saliéndose de madre. La idea es que no se trató de un golpe de Estado.
Las declaraciones de Rafael Correa, desafiando una y otra vez a los insurrectos a que lo mataran, sumaron a la polémica. Para algunos fueron gestos exagerados destinados a incrementar su épica personal en el trance.
Refrendar o desestimar lo anterior es muy difícil, dado lo personal de las vivencias del Presidente de Ecuador en ese día dramático. Lo que puede afirmarse sin temor es que, con exageración o no, lo que se vivió fue claramente un intento de golpe de Estado.
¿Cómo calificar, si no, un alzamiento dentro de una fuerza armada de 42 mil hombres? ¿Qué decir de los piedrazas y botellazos que recibió el mandatario cuando intentó disuadirlos? Más aun, ¿qué señalar sobre la granada de gas lacrimógeno que se le lanzó ante las cámaras de TV y los ojos del mundo (foto)? ¿Y, sobre todo, del hecho de que la escolta policial de la Asamblea Nacional haya mantenido bloqueado el edificio legislativo?
¿Qué –agreguemos- sobre las horas que pasó retenido en el hospital de la propia policía? Es cierto que hay testimonios según los cuales los rebeldes le aseguraron que podía salir libremente y que hasta le harían una “calle de honor” a su paso. Cabe preguntarse: ¿”calle de honor” o “manteada” de alto nivel, dado que quienes la debían formar eran los mismos que horas antes lo habían agredido salvajemente?
Por otro lado, mientras los eventos se sucedían, un sector de la Fuerza Aérea copó el aeropuerto de Quito, dejando incomunicada a la capital del país con el mundo. Y, más tarde, grupos civiles intentaron hacer lo propio con el canal de televisión estatal.
Curioso: el recurso al secuestro recuerda lo ocurrido el 28 de junio del año pasado en Honduras, cuando Manuel Zelaya fue sacado de la cama en pijama a punta de pistola y trasladado al exilio. Pareciera que esa es la nueva modalidad golpista en la región, que algunos, interesadamente, soslayan.
Salvo Estados Unidos, que debe seguir debatiendo aún si lo de Honduras fue o no un golpe, todos los presidentes de la región coincidieron en que sí lo fue. Desde Hugo Chávez hasta Juan Manuel Santos, desde Cristina Kirchner hasta Sebastián Piñera, desde Lula da Silva hasta Alan García. ¡Hasta el secretario general de la siempre meliflua OEA, José Miguel Insulza, terminó por admitir lo evidente!
La diferencia es que los reflejos internacionales fueron esta vez aun más rápidos que en el caso de Zelaya y que el ecuatoriano gozaba antes de la asonada de una popularidad de cerca del 60%, el doble de la que tenía su infortunado ex colega.
Es obvio que los intentos de golpe de Estado no tienen siempre el mismo formato. Si un grupo armado tiene el poder suficiente (y si no hay un contrapoder de fuego equivalente) puede sin más hacerse del poder. Si no es así, lo que se hace es encender la mecha, aguantar y esperar a que se produzcan otros pronunciamientos de solidaridad. Es exactamente lo que ocurrió en Ecuador, dado que los militares estaban tan afectados como los policías por las reformas al servicio público introducidas por Correa.
Por lo demás, hay movimientos que buscan generar zozobra a partir de acciones directas y que adquieren un componente golpista o insurrecional al crear caos, inestabilidad política y apelar a modalidades extremas.
¿Qué decir si no de la histórica huelga de propietarios de camiones contra Salvador Allende, o del lock-out venezolano de diciembre de 2002, o hasta del paro agropecuario en la Argentina de 2008? Cortar las rutas de un país, desabastecerlo y plantear una medida por tiempo indeterminado no son otras cosas que desestabilizaciones llamadas a un cambio del gobierno.
En Ecuador, para más, esa modalidad implicó que las ciudades quedaran sin seguridad pública, que se sucedieran asaltos, saqueos y robos a colectivos con toma de rehenes. Un modo de sembrar pánico y desestabilizar.
Hablar de “rebelión” para no decir golpe es una pirueta retórica absurda e interesada. Una “rebelión” de una fuerza armada de 42 mil hombres contra su comandante, que a la sazón es el Presidente de la República, no es un reclamo gremial ni una estudiantina de primavera. Más cuando en el actual gobierno sus salarios se incrementarob un 80%.
Plantear semejante cosa llevaría a hacer un revisionismo histórico ridículo y a minimizar, por caso, el impacto institucional de los alzamientos carapintadas contra Raúl Alfonsín. ¡Y pensar que los que lo hacen son los que se indignan cuando los estudiantes toman un colegio y hablan horas sobre el delito que están cometiendo!