Barack Obama dijo hoy que la situación fiscal de Estados Unidos «es insostenible», explicó que el déficit de las cuentas públicas alcanzó a 1,47 billones de dólares en el año fiscal que terminó el 30 de septiembre, casi el 10% del Producto, y llamó a «ponernos serios» para controlarlo. Da cuenta así de una realidad económica, pero que tiene una explicación política y una consecuencia.
La explicación: el Presidente sabe que el péndulo electoral muy probablemente oscilará hacia el Partido Republicano en las elecciones de mitad de mandato del mes que viene y que este estará discursivamente dominado por sus elementos más extremistas, más anti-Estado y más reacios al pago de impuestos, como el ala del Tea Party.
La consecuencia: Obama se resigna a que la hora de los estímulos fiscales para una economía maltrecha debe llegar a su fin por resultar estos ya políticamente invendibles. Así, Estados Unidos seguirá por un largo tiempo con un desempleo elevado (hoy cercano al 10%) y un nivel de actividad muy mediocre (el crecimiento se va desacelerando y hoy está en torno al 1,7% anual).
Impotencia pura, admite que el esfuerzo realizado (su razón de ser política, prácticamente) no fue suficiente para sacar a flote la economía y que el país no puede seguir manteniendo ese sacrificio. A pedir de sus detractores.
El riesgo para él es grande. Si hoy ya hay una mayoría dispuesta a premiar al pirómano que encendió la actual crisis y a castigarlo a él, fallido bombero, ¿a quién entregará esta el poder dentro de dos años?
Obama admite algo muy parecido a un fracaso
