Si de grupos de presión y de poder de chantaje hablamos, tenemos que señalar lo que ocurre en Estados Unidos, donde Barack Obama se arriesga a sufrir una derrota que signaría la segunda mitad de su mandato.

En efecto, el próximo 2 de noviembre se renovarán allí la totalidad de la Cámara de Representantes (diputados), un tercio del Senado y numerosas gobernaciones. Según todas las proyecciones, los republicanos captarán el voto de los más descontentos con la marcha de la economía, a despecho de haber sido ellos quienes desataron el incendio que Obama no logra apagar del todo.

En la política de todos los países democráticos, y en la de Estados Unidos muy en particular, el dinero para financiar las campañas y las operaciones juega un rol trascendente. Y si hablamos de ese país el dinero que pueda aportar el poderoso sector financiero cobra aun más relevancia.
Los bancos, corredurías, aseguradoras y empresas ligadas al sector inmobiliario están volcando crecientemente sus aportes de campaña hacia los conservadores, que ya captan un 60% del total entregado por el sector.
¿Razones? No la ideología, ciertamente, sino los negocios. Es que el Obama que, incluso aquí, muchas veces se cuestiona por tibio ha osado imponer regulaciones (acaso no las deseables, pero probablemente sí las posibles) a Wall Street, cuestionó y puso topes a los bonos de los más altos ejecutivos, no ahorró críticas a los banqueros que colaboraron como pocos a la actual crisis y expresó su deseo de revertir los recortes impositivos de George Bush a los más ricos. No es poco, y así se lo cobran.

El ejemplo más saliente de lo anterior lo dan los aportes de Goldman Sachs, acaso el símbolo de todos esos desbordes y dislates. En los dos años anteriores a la llegada de Obama a la Casa Blanca, había entregado tres cuartas partes de sus aportes a los demócratas. Desde principios de 2009, en cambio, el 55% va para los republicanos, según datos del Center for Responsive Politics.