Antes que nada, aclaro que me agrada que un presidente esté en el lugar donde se produjo una tragedia y se ensaya un rescate de final impredecible. Que ponga el cuerpo, que aliente, que «esté».
Más cuando el contacto es, como en el caso de los mineros rescatados, con trabajadores acostumbrados al abandono y la precariedad, y sus humildes familiares. Y más aún si se prolonga por un número asombroso de horas. Hasta allí, 10 puntos para Sebastián Piñera.
También suma que se haya referido a las condiciones de trabajo habituales en Chile, muy por debajo de la aspiración nacional a que se lo considere un país desarrollado. Y su promesa de que todo eso mejorará, en la mina de San José de Copiapó y en todos los sectores.
Lo que me chocó es lo que percibí como un excesivo protagonismo. Las cámaras de la transmisión oficial que se difundió al mundo estaban tan pendientes de la operación de rescate como de las sonrisas y gestos piadosos del Presidente, su esposa Cecilia Morel y su ministro de Minería y estrella ascendente de la plítica chilena por estas horas, Laurence Golborne. Todos ellos están en estas horas en todos los videos y en todas las fotos.
Además, mucho discurso, en castellano y hasta en inglés -una delicatessen a la que también era afecta Michelle Bachelet en sus conferencias de prensa, en las que se deleitaba al mostrar su condición de políglota-. Y una abrumadora apelación nacionalista y a la unidad, que -somos tan suspicaces- suele preceder a políticas que impiden la expresión de los conflictos sociales.
Es obvio que Piñera y Golborne serán los grandes ganadores de este operativo si todo sigue como hasta ahora. Y lo tendrán merecido, porque el trabajo que realizaron para que el rescate fuera posible ha sido extraordinario. Lo que siento es que, si eso será así inexorablemente, no era necesario sobreactuar tanto.