Barack Obama necesita salir de Afganistán a como dé lugar. Por eso tolera lo que hasta hace poco habría sido considerado intolerable: negociar con el enemigo talibán. Para muchos, algo muy parecido a una capitulación.

Con la economía en crisis, el desempleo casi en el 10%, un déficit fiscal del 10% del Producto, la imagen presidencial en fuerte caída y la perspectiva del perder el Congreso a manos de los republicanos el costo de la guerra (que se suma al de la otra, la de Irak, a una tercera, la de la seguridad interior, y a una cuarta, la de los estímulos económicos contra la debilidad productiva) se hace prohibitivo. Un rasgo estructural muy significativo para pensar el rol de Estados Unidos como gran potencia global.

Si en 2008 la guerra en Irak insumía un presupuesto tres veces mayor a la de Afganistán, la tendencia fue cambiando hasta alterar los términos este año, dada la decisión de saturar el segundo país con tropas, tal como se hizo con éxito relativo en el primero. En ese sentido hay que entender el “magnánimo gesto” de la retirada de Irak dispuesto por el Premio Nobel de la Paz 2009. Así, la guerra a los talibanes costó en el año fiscal finalizado en septiembre nada menos que u$s 105.000 millones contra u$s 66.000 millones en el país árabe, y la brecha seguirá aumentando (ver gráfico). El total gastado en ambas aventuras desde 2001 llega a u$s 685.000 (u$s 533.500 sólo en Irak).

Nueve años después de la invasión, el dilema es guerra total con resultado incierto o capitulación más o menos decorosa. En eso anda Obama.