La guerra en Afganistán, como la de Irak y todas las demás, no son precisamente populares en nuestro país. Sin embargo, en el caso de la primera hay que recordar cuál fue su comienzo (la decisión de George W. Bush de sacar del poder a los talibanes, protectores de Al Qaeda, a su vez el perpetrador de los atentados del 11-S) y sus dificultades actuales (un costo cada vez mayor en dinero y vidas y una perspectiva de victoria, como les pasó en su hora a los soviéticos, cada vez menor).
Con todo, en Estados Unidos causan escozor en quienes defienden los derechos humanos los indicios de que Barack Obama está apurando la retirada. ¿Qué pasará con los derechos humanos cuando las tropas extranjeras se retiren?, se inquietan, mientras cada vez más países le hacen saber a la Casa Blanca que hasta aquí ha llegado su amor.
Los temores se multiplicaron al conocerse la aprobación estadounidense a las negociaciones que el gobierno de Hamid Karzai emprendió con sectores talibanes para sumarlos a su administración (por llamarla de algún modo). Tal situación ha sido negada por otros sectores del movimiento ultraislamista, lo que revela las escisiones que se producen hoy en su interior.
Aquel rechazo al diálogo obedece a la pregunta por lo que pasará en Afganistán si parte de los talibanes es incorporada al poder. ¿Volverán (como ocurrió cuando gobernaban el país hasta 2001, como ocurre en hoy en las áreas tribales que dominan, 75% del total del país) las prohibiciones a que las mujeres trabajen o estudien, las lapidaciones, la aplicación más extrema y brutal de la ley coránica, las mutilaciones? Hillary Clinton ha prometido no abandonar a las mujeres locales, y aseguró que los talibanes que retornen al poder deberán respetar sus derechos. La pretensión de limitar a un fundamentalista en sus proyectos, sobre todo si se lo convoca a negociar porque no se lo puede vencer, denota una ingenuidad conmovedora.
La realidad alimenta esos temores, según prueba la historia de Bibi Aisha, la joven de 19 años a la que su familia política persiguió y le cortó la nariz y las orejas por haber pretendido huir de los golpes de su marido forzado. Todo con el “debido proceso” fiscalizado por un líder tribal protalibán.
Tratada en California gracias al aporte de la ONG humanitaria Fundación Grossman Burn, recuperó su aspecto (sólo en parte) gracias a una prótesis nasal provisional.
«Cuando me cortaron la nariz y las orejas me desmayé. En medio de la noche sentía como si hubiera agua fría en mi nariz. Abrí mis ojos y ni siquiera podía ver por toda la sangre «, dijo hace tiempo Aisha a la CNN. Añadió que fue entregada por su padre a un combatiente talibán a los 12 años como prenda de cancelación de una deuda, que este la violó y la encerró en un establo.
Fue abandonada en las montañas y dada por muerta, pero logró llegar a la casa de su abuelo. Su padre, por fin, la llevó a un centro sanitario de EE.UU. Según Naciones Unidas, el 90% de las afganas sufre abusos domésticos.

