-¿Cuál fue su último pensamiento antes de abandonar la mina? -se arriesgó a preguntar Sebastián Piñera el miércoles a la noche, al recibir, solemne y emocionado, a Luis Urzúa, el último de los mineros rescatados y líder del grupo.
-Que espero que esto nunca más vuelva a ocurrir, señor Presidente -devolvió el trabajador sin formalismos (foto).

Durante estos días de máxima exposición, el presidente de Chile aprovechó la épica del rescate para poner una y otra vez en foco el problema de la precariedad de las condiciones laborales en su país. Algo que llama la atención, por ser él un dirigente de centroderecha que llegó al poder con la promesa de relanzar el crecimiento del país y de generar más puestos de trabajo, mixtura decodificada inicialmente como una apuesta más a la cantidad que a la calidad.
Sobre todo porque su liderazgo surgió como alternativa a veinte años de hegemonía de la Concertación, que mira hoy cómo este empresario pragmático le arrebata algo que, más que una bandera, debería haber sido el trofeo de una gestión asumidamente progresista.
Sin embargo, lo que sale a la luz son las condiciones precarias de la llamada «pequeña minería» chilena, con un yacimiento como el de San José de Copiapó que sufrió recurrentes accidentes y que fue habilitado sin que, se ha visto, nadie garantizara medidas de seguridad mínimas. El derrumbe fue el 5 de agosto y Piñera asumió en marzo; mucho cabría entonces preguntarle a su antecesora socialista Michelle Bachelet.
El mandatario plantea un escenario novedoso en la política chilena. Gobierna con la derecha pragmática (Renovación Nacional, su partido) y con la pospinochetista (la Unión Demócrata Independiente), pero ha negado presiones para cerrar los juicios por violaciones a los derechos humanos. Es un empresario, pero habla de regulaciones laborales y eleva los tributos que paga la minería. Repudia los populismos vecinos pero no los provoca, y, de hecho, se exhibió en el rescate como si se tratara de un reality show, haciendo que la pantalla compartiera paritariamente las tareas de socorro con su sonrisa amplia y sus ojos vidriosos. Y exhibiendo permanentemente su verba reflexiva y bilingüe, sus arengas de «¡Viva Chile, mierda!» y un contacto físico sin reservas con los obreros. Una novedad que, permítase la digresión, lleva a preguntarse qué diría buena parte del mundo si hicieran algo análogo Hugo Chávez, Evo Morales, Lula da Silva o Cristina de Kirchner.
Mientras, en Chile, el centroizquierda que promovió importantes avances laborales y sociales pero sin terminar jamás de ir a fondo, se atormenta ahora ante la posibilidad de que el ciclo político haya cambiado de manera duradera. La rareza que representó el triunfo electoral de la derecha podría convertirse así en algo inédito, si ésta repite en las presidenciales de 2013, como elucubran analistas en estas horas de euforia.
Gutenberg Martínez, miembro del Consejo Nacional de la Democracia Cristiana, esposo de la ex candidata presidencial Soledad Alvear y hombre fuerte de la Concertación, dijo telefónicamente que los gobiernos de esa alianza «dieron grandes pasos en cuanto a protección social y a mejoras en materia laboral, con un impacto muy profundo. En este contexto hubo también mejoras en seguridad laboral». Sin embargo, concedió que «la herencia que recibimos de la dictadura fue la falta de una judicatura laboral equitativa y la derogación de numerosas normas laborales. A eso se sumó una oposición permanente de la derecha a darles más recursos y capital humano a los organismos de control y fiscalización».
Eugenio Tironi, reconocido analista y ex secretario de Comunicación de Patricio Aylwin, entrega una visión similar. «Efectivamente, esto es un vuelco radical de la postura tradicional de la derecha chilena, que siempre sospechó del Estado y de las regulaciones. Esa entelequia intelectual se derrumbó con la tragedia de la mina San José», dijo.
«La gran acusación a la Concertación durante sus años en el Gobierno ha sido que quería abultar el Estado y crear un ejército de fiscalizadores, sin el cual es bien difícil imaginar que se pueda hacer cumplir las reglas de seguridad laboral, básicamente en las pequeñas y medianas empresas mineras, en la agricultura, la pesca y la construcción», explicó.

Martínez alude otra vez a las peculiaridades de la transición democrática chilena, vigilada por un poder militar celoso de su modelo, y reconoce que «los avances se dan por etapas, que se superan por aproximaciones sucesivas. No teníamos entonces (1990-2010) la posibilidad de realizar cambios drásticos».
Marco Enríquez-Ominami, ex candidato presidencial y renovador de la política local, trazó por correo electrónico una crítica más radical tanto a la derecha como a la Concertación: «Creo que aún nadie se hace cargo de que la matriz productiva de Chile sigue basada en la extracción de recursos naturales que generan empleos de baja productividad, de baja capacitación y mala remuneración».
¿La izquierda chilena nunca se animó a ser realmente izquierda debido a las condiciones de la transición? «Ese es el gran enigma que fue sancionado electoralmente en 2009», remató Enríquez Ominami.
«Nunca pudo serlo», reconoció, por su parte, Tironi. «En el pasado, hablar de seguridad laboral era reducir la flexibilidad, una cuestión tabú. Este Gobierno cuenta con la manga ancha de la derecha y del mundo empresarial de la que nunca gozó la Concertación, tiene más espacio para hacer reformas», dijo.
Según Tironi, «estamos viviendo ahora una situación increíble, inaudita. Nunca vi un Gobierno más de izquierda que éste, que subió los impuestos a la minería y a las empresas, que levanta con tono amenazante la bandera de la seguridad laboral. Esto genera un grito de felicidad en la Concertación». ¿Seguirá feliz el centroizquierda cuando deba salir a disputarle al Presidente votos que antes de irse a dormir suponía propios?
La toma de banderas del centroizquierda va más allá de estos tópicos, y se ha extendido, por caso, a la cancelación de un proyecto energético por las resistencias que generaba entre grupos ambientalistas y a una reforma a la polémica ley antiterrorista (heredada del régimen militar y antes sólo cosméticamente modificada) que se venía aplicando a militantes mapuches.
En Chile muchos se preguntan si la fortaleza que ganó Piñera con los gestos y el éxito de los últimos días delinean una nueva derecha, capaz de mantenerse en el poder más allá del actual mandato. Para Martínez, «sacar conclusiones políticas en calentito es un tanto exagerado. Pero es posible que en lo que queda de los primeros dos años de gestión tengamos una caracterización que le permita (al oficialismo) situarse en una perspectiva de mayor aliento».
La gestualidad y el modo de lidiar con la crisis de los mineros pinta de cuerpo entero a Piñera. El dirigente democristiano no quiso entrar en la evaluación de si Piñera se pasó de la raya con el protagonismo que se dio durante el rescate. «En este momento hay un ambiente muy emotivo, de unidad nacional, en el que todo el mundo prefiere fortalecer lo positivo de esta estupenda noticia», matizó. Sin embargo, sugirió una crítica: «Dirigentes de la alianza de Gobierno han señalado que uno de los problemas de esta administración es la excesiva personalización en la figura del presidente».
Más directo, el analista Tironi señaló que la gran ventaja del mandatario «es que puede hacer cosas que si las hace un presidente que está en la categoría de los populistas, o que tenga un pasado izquierdista, o que venga del mundo sindical, le pasarían por encima con una aplanadora».
«Este Gobierno usó (para el rescate de los mineros) todos los recursos habidos y por haber, usó el poder del Estado en forma drástica y sin ninguna consideración. Es cierto que corrió un riesgo inaudito (por la posibilidad de que algo saliera mal), pero ejerció una presión sin parangón sobre empresas privadas, bajo distintas maneras, sobre y bajo la mesa», indicó sin dar más precisiones.
«Esto era inobjetable en la medida en que el objetivo era salvar las vidas de los mineros. Pero lo cierto es que se trata de un Gobierno sin complejos para usar el poder de Estado». ¿La Concertación tenía más complejos? «Sí, sí, claro que los tenía», terminó.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).