La profunda remodelación de gabinete decidida por José Luis Rodríguez Zapatero incluyó algunos movimientos de importancia, destinados a sortear el reclamo opositor de elecciones anticipadas (algo posible tras la aprobación del Presupuesto con apoyo de partidos regionales) y asegurarse la supervivencia política hasta los comicios de 2012. Al menos eso, en momentos en que las encuestas arrojan una ventaja de dos dígitos largos a favor del conservador Partido Popular, una rareza en un sistema político como el español caracterizado por una estable división casi por mitades del electorado.
A modo de conclusión, en primer lugar hay que citar el encumbramiento de un nuevo vicepresidente primero del Gobierno y portavoz parlamentario, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien retendrá la cartera de Interior.
Se trata de una combinación de cargos sin precedentes, que indica continuidad en una de las pocas áreas en las que el gobierno socialista puede mostrar hoy un rostro exitoso: la virtual desarticulación de ETA.
Por otro lado, Pérez Rubalcaba es un veterano líder socialista, fue ministro de Felipe González y, por ello, es una figura capaz de galvanizar un partido que estalla al mismo ritmo que la economía. Es de manual: en momentos de ocaso político, los líderes tienden a rodearse de incondicionales, todos espalda contra la pared y a los tiros frente al resto del mundo.
El ascenso de este dirigente, además, permite especular con una candidatura alternativa a la del actual presidente del Gobierno para las legislativas de 2012, si es que este último es empujado fuera del mapa político por las encuestas y el (mal) humor social.
En segundo lugar, el ascenso de Pérez Rubalcaba supone el alejamiento de la anterior vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, quien debió defender ante el Parlamento y la sociedad las píldoras más amargas del ajuste fiscal, la flexibilización laboral, la recesión y el hiperdesempleo. Dados sus responsabilidades anteriores y su elevado perfil, su salida debe ser entendida como el sacrificio del número dos para que pueda sobrevivir el número uno.
El problema a este respecto es que habrá que seguir haciéndoles tragar a los españoles esas pastillas por un buen tiempo, por lo que el intento de oxigenación política y alivio económico podrían no resultar del todo sincrónicos.
Tercero, tras el recorte nominal de los salarios de estatales, el congelamiento de las jubilaciones y la reforma que abarató el despido, cae Celestino Corbacho y sube Valeriano Gómez, un hombre cercano a los sindicatos que podrá restablecer el diálogo y restañar las heridas que dejó entre políticos y gremialistas socialistas el paro nacional del mes pasado. Total, lo que había que hacer ya se hizo.
Cuarto, Elena Salgado permanece al frente de Economía. Así, queda claro que para Rodríguez Zapatero todo es modificable, excepto el rumbo económico y el ajuste ortodoxo en marcha.
Quinto, la Cancillería quedará en manos de Trinidad Jiménez, conocedora de América Latina dada su antiguo cargo de secretaria de Estado para Iberoamérica, desde el que trabó muy buena relación con los Kirchner. Se entiende: en una época poco propicia para las grandes ambiciones la diplomacia española se repliega sobre su interés más inmediato, como es la defensa de los intereses de sus empresas en el patio trasero, que es el único lugar en el que hoy pueden registrar ganancias y enviar remesas a la metrópoli.
Sexto, caen en la volteada algunas de las banderas más progresistas de la agenda política del actual gobierno: el gabinete paritario entre hombres y mujeres y las carteras de Igualdad (de género) y Vivienda.
La pasión por recortar es irrefrenable.