¡Qué rareza! El sector más radicalmente enfrentado a la reforma de las jubilaciones en Francia es el estudiantil y, dentro de este, los alumnos de escuelas secundarias. Chicos de catorce, quince años prendiendo fuego tachos de basura, dando vuelta autos, gritando en las calles por jubilaciones a las que accederán en medio siglo más. Definitivamente están locos.
O no. Violencias aparte, será que advierten algo sobre lo que escribimos hace un tiempo en este blog, acaso con reiteración, seguramente muchas veces con un íntimo temor de estar exagerando la nota: lo que está en juego es el orgullo de la Europa de posguerra, su Estado benefactor.
Que Nicolas Sarkozy plantee elevar de 60 a 62 años la edad mínima para jubilarse, realmente no impresiona en estas pampas. Acaso lo haga un poco más que la edad para optar por una pensión completa, con los debidos años de aporte, pase de 65 a 67 años. Y que se viene un recorte presupuestario de 100.000 millones de euros de aquí a 2013, de modo de reducir el déficit fiscal del 7,5% del PBI de 2009 al 3%.
Las cajas son deficitarias y no dan para más, explica con razón el gobierno francés. ¿Acaso no es cierto que cada vez se producen menos nacimientos, que la población económicamente activa se reduce, que las personas viven más años y que hay cada vez más jubilados? ¿Qué, en definitiva, hay menos aportantes para más pensionados?
Claro, tanto como que esa verdad no es la única. Por un lado, la quiebra de las cajas jubilatorias obedece, además de a lo anterior, a políticas económicas que deprimen los salarios, base de los descuentos que se destinan a la seguridad social, cada vez más menguados. Que el pleno empleo, y la vocación de los Estados por buscarlo, es cosa del pasado. Que haya menos trabajadores en actividad (y aportantes al sistema) también es producto de las políticas económicas en curso desde los años 80, los de la revolución conservadora, que tuvo menos penetración en la Europa continental. Hasta ahora, claro.
Por otro lado, hay una resistencia de los Estados (quebrados como están, con inusitados niveles de deuda y déficit) a financiar las cajas con aportes impositivos extra, derivados, por ejemplo, de parte del gravamen a las ganancias. ¿Por qué se mantiene el “escudo fiscal”, esto es la limitación del impuesto a las ganancias para las más altas rentas en el 50%?, se pregunta la izquierda francesa. ¿Por qué no se grava como se debería al sector financiero (bancos, especuladores, casas bursátiles), cuando están hoy en recuperación y fueron, de hecho, los causantes de la actual crisis, con sus desbordes y fiebres especulativas primero, con sus pedidos de multimillonarios rescates con dinero público luego? ¿Por qué el gasto militar (curiosamente llamado de “defensa” en los países habitualmente agresores) sale relativamente indemne?
No hay respuestas concretas a estas preguntas. Que el ajuste sea inevitable cuando el déficit fiscal llega a los niveles actuales (11% en el caso del Reino Unido, por ejemplo) es una cosa; que los recaudadores de Juan Sin Tierra pasen solamente por las casas de los menesterosos, una muy distinta.
Lo que está en juego entonces, es el futuro del Estado benefactor. Por eso cruje España, se incendia Francia y se achica el imperio británico.
El plan del gobierno conservador de David Cameron es inclemente: un ajuste de 92.000 millones de euros de 2011 a 2015 y la eliminación, de un plumazo, de 490.000 empleos en el sector público son el comienzo, el puntapié inicial que tendrá un correlato en el sector privado, de la lógica del ajuste: que la viciosa secuencia conocida (medidas de austeridad-recesión-caída de ingresos tributarios-más austeridad-más recesión…) genere más desocupados, salarios más bajos, niveles de protección menores y, con esto, un abaratamiento de los costos empresariales y una oxigenación de la tasa de ganancia.
Hay gente que parece loca en estos días. Pero no lo está.
Estos franceses están locos…

