En enero último, la Corte Suprema de los Estados Unidos emitió un fallo trascendente que, bajo el pretexto de respetar la libertad de expresión, reforzó dramáticamente el poder del dinero sobre la democracia. En concreto, liberó, en un fallo dividido de 5 a 4, las donaciones de las corporaciones (y por extensión, sindicatos y grupos de interés de todo pelaje) a las campañas políticas.
El concepto, muy estadounidense, fue que el gobierno (que así suelen llamar al Estado) no tiene derecho para regular la libertad de expresión de los ciudadanos, y que, por caso, la emisión de spots publicitarios o la publicación de solicitadas no son otra cosa que el ejercicio de ese derecho fundamental.
Barack Obama cuestionó el fallo en su momento, algo que el la Argentina habría sido seguramente tachado de “ataque a la justicia”: Dijo entonces, con tino, sea o no un “ataque” y por más que haya que respetar los fallos judiciales, que aquel resultó en “una gran victoria para “las grandes petroleras, los bancos de Wall Street, las prepagas de salud, y otros intereses poderosos que ejercen su poder día a día en Washington para ahogar las voces de los estadounidenses comunes”.
Su enumeración no era caprichosa. La liberación de los aportes de campaña derivaría seguramente en una abierta opción por los republicanos de las petroleras (a las que en determinado momento el gobierno demócrata limitó para explorar en zonas costeras tras el desastre de British Petroleum), del sector financiero al que impuso regulaciones tras el crash de 2008-2009 y de las empresas de salud que resistieron su reforma sanitaria, entre otros sectores. Que esas reformas hayan sido al final más débiles que lo prometido, ya sea por falta de agallas del Presidente o por las limitaciones del sistema político (que incluye en un lugar cada vez más preferente a los medios de comunicación), lo cierto es que tocaron a los que siempre se sintieron intocables.
Y así sucedió. Los republicanos se están quedando con la mayor parte de los u$s 4.200 millones que han “fluido” en esta campaña de mitad de mandato, en la que -se espera- recuperen el control de la Cámara de Representantes (que renueva sus 435 miemebros), que avancen en el Senado (que tendrá 37 miembros nuevos sobre un total de 100) y que mejoren su perfil en la treintena de gobernaciones que se votarán. Aquella cantidad de dinero es enormidad si se tiene en cuenta que la elección anterior, nada menos que presidencial, movilizó 2.500 millones… Una campaña, además, escandalosa por las denuncias de la Casa Blanca y de diarios como The Washington Post sobre la llegada de dinero extranjero a varios candidatos.

Mientras, el dinero vivo y a veces oscuro influye decisivamente sobre la democracia al surfear exitosamente la ola de insatisfacción con un Obama que prometió demasiado a un país difícil de reparar tras el desastre que significó el último gobierno republicano. Y que, indican las encuestas, premiará el martes próximo a quienes desataron el incendio, a expensas de un bombero acaso demasiado tímido para apagar las llamas.