La cotización de acciones de empresas argentinas en la mañana de Nueva York se vio sacudida por la noticia de la muerte de Néstor Kirchner. Sorprendentemente (¿sorprendentemente?), se pueden constatar avances del orden del 10% para los bancos y de más del 15% para papeles de telefónicas.
No hay que escandalizarse: se sabe que la plata y el corazón no tienen nada que ver. Es más, es común que tampoco tenga que ver el el cerebro, ya que quienes más ganan con un proceso político y económico pueden ser, a la vez, quienes más lo desprecien.
Pasa en Brasil con Lula da Silva, con quien bancos, industrias y empresas de servicios, compañías mercadointernistas, importadoras o exportadoras, han ganado como nunca, pero de quien recelan y recelarán por siempre. Igual que acá.
En todo caso, la tendencia, que conforme pasan los minutos se va moderando, explica la división que el kirchnerismo ha venido a representar, entre sectores populares beneficiados por las políticas expansivas del mercado interno y por la ayuda social, y sectores altos de ideología liberal, que la abrazan con ahínco aun cuando los arruina, como le pasó al campo y a la industria en los 90. Y, enfrente, los sectores medios, en buena medida portadores de un antiperonismo congénito.
El alivio de quienes se imaginan ya liberados de su principal cancerbero es elocuente. Pero aquella fractura (sí, fractura) no se consolida con la desaparición de Kirchner. Es previa a él, existe por sí misma, persiste y mostrará más capítulos en los próximos días.


