Apenas, para no dejar de cumplir con la modesta parte que me cabe en el compromiso tácito de contribuir con contenido a este espacio virtual, consigné el festejo del dinero por la muerte. Pero ni eso me indignó. Uno conoce las reglas del juego y, más que eso, a los personajes. ¿Se va a detener ante la muerte natural de un líder por él detestado alguien que en el pasado la celebró, la justificó o la silenció cuando fue masiva y provocada por el Estado?
En todo caso, esa reacción ilustra perfectamente la brecha social que la etapa kirchnerista expuso como pocas, que es anterior a ella y que la trascenderá.
La contracara necesaria de eso fue la gente que se acercó a despedir a Néstor Kirchner, la multitud que acaso menos tiene y menos se queja, la que llenó de estupor a los que nunca pisan la calle y se pasan la vida denostando la participación política como fruto de la compra de voluntades, tan formateados quedaron por los designios de los tiranos. “El choripán”, “el micro”, la gente “llevada como ganado” o por “los planes”; nada de eso explica lo que pasó y hoy los llena de estupor. No porque haya que invertir la carga de la prueba, y aclarar que no todo era militancia. ¿Cuál es el problema con la militancia? Sólo porque se debe consignar que la reacción social tuvo, además, mucho, pero mucho de individual, independiente y sorprendentemente juvenil. Uno puede gustar o no de un fenómeno; rechazar entenderlo es de obtusos.
Es que desde hace un par de años largos algunos vienen trillando una idea que en algún momento convirtieron en sentido común: la de una pareja perversa, sedienta de poder, que compraba o forzaba adhesiones, sin proyecto, que pensaba “perversiones las veinticuatro horas del día”, que giraba frenéticamente sobre sí misma. Sola, sin pueblo. Este, decían, debía ser liberado de tal peste. Hablo de quienes denostaron gratuitamente y sin medida, de quienes descalificaron con ira, no de quienes simplemente se opusieron a un proyecto o a un modo de buscar el desarrollo o el futuro. De quienes si algo nunca le perdonarán, por encima de cualquier cosa, es el haber demostrado que, al menos, existe un camino alternativo, no ortodoxo, al crecimiento económico. Algo parecido a haber tentado al mundo con el fruto prohibido.
Aquellos balbucean hoy condolencias inverosímiles, destilan hiel entre dientes o callan sonoramente en nombre de su inmaculada honestidad. Algunos tal vez reflexionen. En cualquier caso, que sepan que cada vez que insultaron al kirchernismo, además de a un político expuesto a esos avatares, insultaron a millones de reparados en sus necesidades de justicia y en su autoestima, como dijo Lula da Silva con la enorme hondura que sólo tienen los conocen de cerca la pobreza.
No me bandeo, lo que estuvo en la Plaza de Mayo no es “el” pueblo. Sí representa una fracción importante de él, acaso muy importante, insospechadamente importante hasta hace tres días. En algún momento pensé que, con la muerte de Kirchner, nació verdaderamente el kirchnerismo. El panorama político desde ahora es incierto, y no puede saberse si ese niño crecerá o será abortado y persistirá solamente como un recuerdo cálido en el corazón de los que lloraron.
La muerte es demasiado fea; nunca embellece a quien resultó alcanzado por ella. Nadie derramaría ni una sola lágrima por más de uno. Lo que hace es poner en perspectiva un legado, separar lo trascendente de lo coyuntural.
Cuando murió Raúl Alfonsín primó, es mi caso, el recuerdo de un hombre corajudo cuando hubo que serlo, que democratizó el país, que juzgó a los peores asesinos, que planteó batallas necesarias. Ni me acordé, lo confieso, de los “pollos de Mazorín” (¿así se escribía, con una o con dos zetas?), y hasta agachadas como las leyes del perdón o el Pacto de Olivos me parecieron retrocesos que correspondería a la sociedad revertir en el futuro; era demasiado injusto colocarlos todos, apilados, sobre la espalda de un solo hombre que hizo un aporte crucial.
Hoy importa poco el desaguisado del Indec, como tantas otras cosas; mañana, en el día a día, será otro el cantar. Prima lo que esa multitud representó. Porque, ¿quiénes estuvieron allí? Los que se sintieron representados por las peleas planteadas, ganadas o perdidas; las Madres y Abuelas que fueron miradas por fin a los ojos y atendidas en su ya desesperada necesidad de justicia; los que agradecen la asignación por hijo; los que recuperaron el trabajo y la autoestima; las empleadas domésticas que pasaron a vivir a la luz del día; los jubilados que nunca habían aportado y se salvaron de caer en la indigencia cuando menos pueden defenderse; los veteranos de Malvinas; los hermanos latinoamericanos que recibieron trato de argentinos, documento en mano y trabajo en blanco cada día; los docentes que se sintieron reivindicados; tantos y tantos reparados.
Que Néstor Kirchner no fue perfecto lo sabemos; ¿quién lo es? Que se mandó grandes macanas, también. Que tenía la virtud y el defecto de cantar falta envido todas las manos, sea cual fuere la suerte que le había deparado la baraja. Que toleró gente intolerable a su alrededor. Vaya a saberse por qué lo hizo.
Hay que mantener la razón, pero también entender que, bien usada, esta es perfectamente compatible con los sentimientos. El método sirve, sin dudas, para poder procesar la avalancha emocional de estos días. ¿Cuántos que con razones y sin ellas, pero tantas veces con una saña llamativa, condenaban a Néstor Kirchner merecerían hoy el aplauso, el llanto desconsolado de tantos?
Como el del chiquilín que anoche se puso a llorar frente al féretro como si hubiese quedado huérfano. ¿Qué habrá sentido cuando empezó a fluir la AUH, que tal vez tenga miedo de perder ahora?
Fue imponente el desfile de gente agradecida, conciente, no movida por el cholulismo frente a Néstor y a Cristina. Siento una enorme ternura hoy por esa mujer, que fue arropada por tantos argentinos y por líderes sudamericanos conmovedoramente solidarios, sin distinciones de ideología, generosidad que no siempre brota entre nosotros. Por esa mujer que debe lidiar con su duelo, con la cama inmensa a la noche, con la pérdida del amor de su vida, de su compañero; a la vez, con la obligación de gobernar un país, de salir a la cancha ya mismo otra vez, de dar proyección al proyecto por el que luchó su marido; y, acaso más importante, que debe sentirse ínfima ante la gigantesca responsabilidad que le generará tanto amor y agradecimiento, ese “gracias, Néstor; fuerza, Cristina” que repiqueteó, pesado, decenas de miles de veces en sus oídos en estas horas. Frágil hoy, íntegra pero frágil, o mejor dicho sola, y sin posibilidad siquiera de preguntarse si tiene ganas o fuerza para sostener un peso tal.
¿O el peronismo no ha vivido siempre de eso, acaso? No sé por qué, a esta altura, tantos insisten con el cliché de que el “movimiento” es inentendible. Es fácil, creo: el peronismo no es ni ideología ni partido, apenas (nada menos) es un lugar. Sí, un sitio donde se reúnen innumerables aspiraciones de justicia, atadas al recuerdo-mito de los años felices. Algunos las burlan, claro; otros las encarnan, y cuando eso pasa, la multitud agradece.


