La votación de hoy en Brasil dio por tierra con las especulaciones voluntaristas y consagró a Dilma Rousseff como primera mujer elegida presidente en la historia de ese país. Se impuso por 56% de los votos contra 44% de José Serra.
Esas especulaciones habían ganado cuerpo tras una primera vuelta (el 3 de octubre) en la que, contra lo pronosticado, la ex jefa de gabinete de Luiz Inácio Lula da Silva no logró la mayoría absoluta que le habría ahorrado la molestia del balotaje. Pero el puñado de votos que le faltó entonces, algo más de 3 puntos porcentuales, no obstaba para que no se la debiera considerar ya entonces virtual presidenta.
Con Dilma gana la Argentina. Esto es así porque, al menos a priori, será una continuadora de la política exterior de Lula, que pone el acento en la relación con la Argentina como palanca para influir en Sudamérica y en el mundo. Además, al vencer nuevamente a la oposición socialdemócrata (de nombre, conservadora hoy en los hechos), despeja las presiones de la industria paulista más concentrada por un abandono del énfasis en la región para asociar a Brasil con los mercados de Estados Unidos y Europa, lo que implicaría romper el Mercosur como unión aduanera y retrotraerlo a una mera zona de libre comercio.
El triunfo de la candidata del Partido de los Trabajadores implicó que el voto de la ecologista Marina Silva se haya dividido más bien equitativamente entre ella y Serra, dando por tierra con las previsiones curiosas de que el opositor se llevaría más del 70% del mismo.
Los brasileños premiaron una gestión exitosa en lo macroeconómico, con tasas de  crecimiento importantes, y generosa en la ayuda social, que permitió la creación de 14 millones de empleos y que más de 30 millones de personas salieran de la pobreza y pasaran a ser parte de una clase media que hoy da cuenta de buena parte del consumo popular.
Con Dilma en el poder, Brasil seguirá militando en el bloque de gobiernos sudamericanos de centro izquierda, con todo lo que eso implica en la zona, dado el enorme peso del país.
Resta conocerse, en todo caso, cuál será su estilo, su impronta personal, y cómo hará para deshacerse de la sombra del superpopular Lula. Tendrá a favor la fuerza de la bancada del Partido de los Trabajadores, no mayoritaria pero la primera del Congreso. Como en la era Lula, alcanzará una mayoría holgada en las dos cámaras en alianza con grupos conservadores, lo que debería limitar su accionar, por caso en la ley de medios que se tramita y que tanto temen los grandes grupos, con Globo a la cabeza.
Esta necesidad, acaso, la lleve a sobreactuar en un comienzo gestos de autoridad (hacia adentro y hacia afuera), conciente de que el hecho de ser la primera mujer en llegar al poder no le hará precisamente más fáciles las cosas.
Le bastará mirar hacia el sur para comprobarlo.