La asunción de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil marcará un hecho importante desde el punto de vista simbólico: desde el 1 de enero, y al menos hasta el 10 de diciembre del año que viene, dos mujeres gobernarán los dos principales países de Sudamérica. Pero más allá del avance cultural que representa, el hecho tendrá una consecuencia importante en términos de política internacional, toda vez que implicará el mantenimiento de un bloque de gobiernos de centroizquierda fuerte, predominante en la región.
La elección del domingo entregó el dato crucial para la continuidad de esta tendencia, ya que es nada menos que Brasil, país líder de Sudamérica por volumen y proyección, el que ahora la cimienta.
Es ampliamente esperado que, improntas personales aparte, la política exterior de Dilma transcurra por carriles parecidos a los de la era de Luiz Inácio Lula da Silva: relación privilegiada con Argentina, foco especial con vocación de liderazgo en Sudamérica, rivalidad con Estados Unidos cuando sea necesario por la influencia en la región, intentos de ganar mercados y espacio político con otras latitudes, brega por el acceso a una banca permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Si Dios nunca juega a los dados, da la sensación de que la Historia, al menos algunas veces, tampoco lo hace. De haber vencido en el balotaje el opositor José Serra, ese foco habría cambiado radicalmente, y hoy deberíamos reemplazar en esta nota la palabra «Sudamérica» por «Estados Unidos», y «Mercosur» por «América del Norte». El problema de ese enfoque es que habría resultado extemporáneo: por un lado, la debilidad económica de Estados Unidos y su desempleo que circa el 10% hacen que del otro lado de la mesa no haya ahora nadie dispuesto a negociar el libre comercio con un gigante emergente como Brasil; por el otro, si el eje del crecimiento mundial parece haberse desplazado del mundo desarrollado al emergente, y acaso de modo no coyuntural, no parece razonable hacer girar una política exterior más en torno al primero de esos anillos que alrededor del segundo. Con el triunfo de Dilma, Brasil tendrá la política exterior que debe tener, sin intentar malabares en el aire.
Trillar esa línea de política exterior ha llevado a Lula da Silva a no hacerle asco a la relación con gobiernos como los de Irán o Siria; debería esperarse que, así las cosas, a Dilma, igual que a su predecesor, no le incomode mortalmente mantenerla con Hugo Chávez. Así, la alianza de Brasil con Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia, Uruguay y Paraguay, tales los gobiernos que militan del centro a la izquierda, se sostendrá a la hora de fortalecer la Unión de Naciones de Suramérica (Unasur), de defender la institucionalidad como se hizo en Bolivia, Honduras y más recientemente en Ecuador, y de resistir avances estadounidenses como la reactivación de la IV Flota o la instalación de tropas en bases de Colombia.
Si este fue el año en el que se renovaron los gobiernos de varios países (Uruguay, Chile, Colombia, Brasil), el statu quo deberá mantenerse al menos hasta fines del próximo, cuando se vote en el nuestro, y hasta 2012, cuando se lo haga en Venezuela. En tanto, Perú tendrá elecciones en abril próximo. La fragmentación del sistema de partidos en ese país, mayor acaso que en la Argentina, hace posible cualquier desenlace. Tanto es así que, en Lima, la alcaldía acaba de pasar a la izquierda. Alan García, ex izquierdista devenido conservador, pero igualmente impopular al final de sus gestiones entonces y ahora, dista de tener asegurada la continuidad que desearía.
Con todo, hay que mencionar que las últimas renovaciones políticas incluyeron el mantenimiento de un Gobierno conservador en la transición de Álvaro Uribe a Juan Manuel Santos, y un paso del centroizquierda de Michelle Bachelet al empresario Sebastián Piñera. La curiosidad es que, en términos de política exterior, eso se ha traducido hasta el momento en un mayor acercamiento hacia el bloque de centroizquierda en el caso del primero y un notable mantenimiento del rumbo en el caso del segundo.
Así, mientras Uribe había negociado el acuerdo con Estados Unidos por las bases militares y se había peleado infinita y peligrosamente con Chávez, Santos mantiene la primera cuestión en un limbo tras un fallo adverso de la Corte Suprema y sigue en paz con su combustible vecino. Esto último, gestado en la mediación que realizó Néstor Kirchner como secretario general de Unasur, quedó refrendado con un nuevo abrazo en Buenos Aires en ocasión del funeral del ex presidente argentino.
Piñera, mientras, no ha sacado ni por un minuto los pies del plato de la Unasur, fue uno de los más activos en la defensa de Rafael Correa durante el intento de golpe de septiembre y, poniendo a un lado con grandeza la tirria por el refugio concedido al ex guerrillero Sergio Apablaza Guerra, viajó a Buenos Aires para acompañar cálidamente a Cristina Kirchner en su momento de dolor. Un gesto político que no fue menor al que había entregado Bachelet.
Por último, si las crisis económicas hondas tienden a favorecer el surgimiento de gobiernos de derecha, según reza una ley histórica, no debe sorprender que América Latina persista hoy en un curso diferente.
Estados Unidos probablemente consagre hoy un avance de la derecha republicana. Pero lo hará en versión Tea Party, la más recalcitrante, proteccionista, xenófoba y hasta antimercado. En Europa, en tanto, se achican los partidos de izquierda y siguen creciendo los xenófobos, al punto que los conservadores democráticos tratan de incorporar dosis más o menos masivas de prédica antiinmigrante para no quedar desacomodados.
En virtud del mencionado desplazamiento del eje del crecimiento mundial del centro a la periferia, América Latina pasó con mayor calma la crisis de 2008-2009, manteniendo (salvo Venezuela) sus niveles de empleo y retomando velozmente tasas de crecimiento históricas. Si, avance macroeconómico mediante, el énfasis se sigue poniendo en esta parte del mundo en encontrar maneras de reducir una atávica exclusión social, no debe sorprender que no haya llegado aún la hora para grandes giros políticos.
Con Dilma, Sudamérica sigue unida y mirando a la izquierda

