Tras la muerte de Néstor Kirchner se generó en nuestro país la idea de que el gobierno de Cristina Fernández tiene la posibilidad de cambiar de política. Hacerlo implicaría, en términos generales, abandonar el «populismo» y abrazar las políticas promercado, además de mejorar los modales, claro, tal el pliego de exigencias que se le extendió sin respetar ningún duelo. Dejar de ser lo que se ha sido siempre, en definitiva. Se pretende que lo que no dan los votos lo dé la muerte, al menos.
Hoy, a menos de una semana de la desaparición del ex presidente, ya se percibe la decepción de quienes habían alentado (en el aire) esas expectativas, dada la rápida ratificación que se ha hecho del rumbo conocido, con sus virtudes y defectos, que siempre los hay.
Acabo de leer la última entrada del blog de Paul Krugman en The New York Times, en la que hace un breve análisis de lo que, a su entender, provocó la derrota de Barack Obama en las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos y, acaso más importante, su relativo fracaso en relanzar la economía. Me hizo pensar de inmediato en lo que está pasando en nuestro país, por más que en Estados Unidos haya una crisis económica y acá no, y que allá haya hoy un gobierno debilitado y acá no. El «sentido común» es el mismo, las exigencias, iguales, y los temores de algunos aliados, equivalentes. La incitación al error, por último, es idéntica y está motivada por los mismos intereses.
De modo elocuente, se llama «Culpen al centro quejoso» y dice lo siguiente:
Ya tenemos el sermón que se esperaba: Obama debe terminar con sus políticas de izquierda, que consisten en … bueno, no las había, pero él debe abandonarlas igual.
Lo que realmente sucedió, por supuesto, es que Obama fracasó en hacer lo suficiente para impulsar la economía, además de haber desaprovechado totalmente la indignación populista contra Wall Street. Y ahora estamos en la trampa que temía desde el principio: por no haber hecho lo suficiente cuando tenía el capital político, ahora perdió ese capital nos quedamos atascados.
Pero él sí tuvo ayuda para equivocarse: en cada etapa hubo una facción de los demócratas que se interpuso a cualquier acción fuerte, exigiendo que Obama hiciera menos, evitara gastar dinero, y así sucesivamente. Al hacerlo, ellos se disparó en sus propios rostros: la mitad de los “blue dogs” (ndr: demócratas conservadores) perdieron sus bancas.

