Siempre que hay elecciones se habla del “mensaje de las urnas” o, peor, de la gente. Falso. Cada votante individual envía un mensaje con su sufragio, del que no deberían apoderarse analistas apresurados, interesados o demasiado propensos a la generalización. Lo que hay es un resultado final. Y el de las elecciones de mitad de mandato de ayer es francamente desfavorable a Barack Obama, el Partido Demócrata y todos los que piensan que la salida de la crisis debe ser conjunta y no dejarse librada a la ley del más fuerte.
Con todo, fue derrota y no desastre. Los republicanos retomaron el control de la Cámara de Representantes (baja), donde tendrán una mayoría de al menos 240 bancas sobre 218 necesarias para tener quórum propio. En el Senado avanzaron con fuerza, pero los demócratas lograron raspando retener las 51 bancas que les dan la mínima mayoría, no son las casi 60 que tenían hasta ahora (con ayuda de un par de independientes) y que son imprescindibles para evitar un bloqueo en base a maniobras dilatorias conocido en Estados Unidos como “filibusterismo”. Casa Blanca demócrata, cámara baja republicana, Senado bloqueado, campaña en ciernes para la presidencial de 2012… algo muy parecido a un bloque legislativo, al menos en temas importantes, parece alzarse en el horizonte. Con todo, la euforia republicana de estas horas no alcanzará para revertir logros parciales como la extensión de la cobertura de salud. Obvio, pensar en un seguro estatal, que Obama, insólitamente tachado entonces de “socialista”, ni pudo lograr en su momento de apogeo, es un sueño que quedará para mucho, mucho más adelante.
Obama logró en sus primeros dos años de gestión hacer aprobar sus principales planes: la reforma de salud, las regulaciones al sistema financiero y el rescate de los bancos. Todas, en rigor, en versiones muy edulcoradas y acaso insuficientes para cumplir con los objetivos inicialmente trazados.
Quedaron pendientes, en cambio, la reforma que debía legalizar a los 12 millones de indocumentados que viven en el país y la política. La primera, con la nueva relación de fuerzas, debería ser olvidada y más, la legislación a nivel federal y estadual se supone que cambiará en contra de los inmigrantes. Con un desempleo de casi el 10% y una economía débil, la xenofobia estará a la orden del día. Sobre lo segundo, sólo imperará el reciente fallo de la Corte Suprema que liberó los aportes de las garndes empresas a las campañas, entregando definitivamente la política a las corporaciones, en un país donde esa promiscuidad ya era demasiado elevada.
Otras conclusiones indican que se terminó cualquier posibilidad de que se refuerce la actividad económica con más gasto público, para decepción de economistas como Paul Krugman. Pese a la realidad, volverá la era del recorte. Si algo surge como un mensaje potente de parte del electorado es el surgimiento del Tea Party, que sumó triunfos importantes y también derrotas, pero que hizo campaña repudiando al Estado, el pago de impuestos, la inmigración y el libre comercio internacional.
Le quedará al Presidente la herramienta monetaria, con la Reserva Federal emitiendo más dólares para volcarlos al mercado doméstico y al mundo. Eso favorecerá una mayor depreciación del dólar y la continuidad de la guerra de divisas hoy en curso. De esto se hablará mucho en la próxima cumbre del Grupo de los 20 en Seúl.
Por qué la mayoría de los ciudadanos decidió privilegiar al pirómano y castigar al bombero que hizo lo que pudo y lo que se atrevió, más que lo que quiso, es algo que sólo puede explicarse en la mentalidad individualista que predomina en Estados Unidos. Menos impuestos y menos Estado es más “mano invisible del mercado” y sálvese quien pueda en la crisis. El ajuste en términos de salarios, pobreza (que ya hoy alcanza en el país más rico del mundo a un increíble récord de 14,3% de la población, 39,8 millones de personas, toda una Argentina) y calidad de vida será impiadoso para muchos. Nada para sorprenderse: ¿de qué ha vivido el capitalismo norteamericano en toda su historia, excepción sea hecha de los gloriosos años del New Deal?
Para Obama ahora se trata ahora de sobrevivir, esperar que el clima económico y social vaya cambiando de a poco y no perder la esperanza de una reelección. Definitivamente, su famoso eslogan de “sí, se puede” fue muy útil hace dos años para atizar entusiasmos. La realidad requiere mucha más pelea contra intereses poderosos y objetivos muy claros. Cuando falta voluntad para actuar así, suele entregar sinsabores inesperados.