El tema internacional del momento, con proyecciones trascendentes, es la crisis económica que tiene su centro en el mundo desarrollado. Crisis que está derivando en una guerra de divisas, con la decisión de Estados Unidos de dejar caer el dólar contra el euro, además del yuan y otras monedas emergentes importantes como manera de restaurar su competitividad y su crecimiento. Esto apunta a comenzar a reducir un desempleo que sigue en ese país peligrosamente cerca del 10% de la fuerza laboral, cuyo impacto político acaba de verse en la “paliza” que sufrió Barack Obama (a confesión de parte…) en las elecciones de mitad de mandato. Intento, por último, destinado a exportar al mundo la crisis estadounidense: al elegir la vía de la emisión monetaria y la guerra cambiaria, la Casa Blanca y la Reserva Federal buscan dinamizar las exportaciones estadounidenses y limitar las importaciones, lo que, de tener éxito (cosa que aún está por verse) dinamizaría el crecimiento propio en detrimento del de grandes economías exportadoras como China y Alemania.
Mientras, el Fondo Monetario Internacional, que por su propia estructura de membresías y votos refleja fielmente las posturas e intereses de los Estados Unidos, acaba de “recomendar” a los países en desarrollo que no pretendan ir contra la tendencia y simplemente dejen que sus monedas se revaloricen contra el dólar. Como dice hoy Alfredo Zaiat en Página/12, “El Fondo Monetario actúa como intermediario de esos intereses de las potencias al recomendar a los países con superávit de cuenta corriente la apreciación de sus respectivas monedas. Esa sugerencia pretender definir quiénes deben ser los derrotados de esta guerra. Resistir en la trinchera de una paridad cambiaria competitiva, batalla que están perdiendo los brasileños y que coyunturalmente beneficia a la Argentina, es la principal línea de defensa de la producción y trabajo doméstico”.
En realidad, la nota del periodista, publicada, justamente, en la página 12 del diario, hace un matrimonio perfecto con la que se le enfrenta, en la 13, en la que se reproduce una entrevista al ministro de Economía, Amado Boudou. En la misma, este explica sus dichos sobre que la inflación afecta más a la clase media alta que a los pobres y refuta las críticas a la política oficial que realizó el economista Nouriel Roubini en su reciente paso por la Argentina. Dice: “Me preguntó por qué se meten con Argentina. Primero el FMI hace dos semanas nos habla del gasto: léase piden ajuste. Ahora viene Roubini a tirar cifras con muy poca seriedad porque en su página dice que la inflación es del 25 por ciento, en la conferencia dice que es el 30 por ciento. Suena más a discurso político que a un análisis técnico. Tiene que ver con esta situación en la cual los países desarrollados pretenden pasarles el ajuste a los países en desarrollo. Ellos fracasaron en su intención de crear empleo. No supieron cómo hacerlo, entonces buscan un mecanismo para pasarnos el ajuste, entre otras cosas intentando que revaloricemos nuestras monedas”. Me pregunto: ¿Alcanza con descalificar al mensajero para hacer lo propio con el mensaje?
La coyuntura económica argentina es, en la enorme mayoría de sus indicadores, envidiable, extraordinaria. Crecimiento, producción, recaudación, consumo, exportaciones, saldo comercial, todo gira en un círculo virtuoso que uno desearía nunca termine y que, lo hemos dicho, tendrá un impacto importante en el electoral 2011. No nos sumamos a la prédica sobre la inflación con la intención de quienes baten el único parche plausible contra la política económica, pero no podemos dejar de ver en ella un doble problema. Por un lado, porque sin una correcta y puntillosa indexación de los ingresos populares (inevitablemente imperfecta, por caso, para las personas que trabajan en negro, sin paritarias, más del 35% de la fuerza laboral) el consumo se resentirá en algunos segmentos; algo que se reflejó, a no olvidarlo, en la elección legislativa de 2009 en el voto por Francisco de Narváez en el segundo cordón del conurbano. Por el otro, porque la elevada inflación, que Boudou puede no reconocer pour la galerie pero que no debe desconocer en su fuero íntimo, deteriora uno de los pilares del modelo kirchnerista, el tipo de cambio competitivo, y termina, involuntariamente, cumpliendo los deseos del FMI y de Estados Unidos.
Además de expresar el “sentido común” de los grandes centros financieros al enrolar a la Argentina en el lote de países “menos amigables para los mercados”, junto a Venezuela, Bolivia y Ecuador, Roubini, quien saltó a la fama por haber previsto la crisis de las hipotecas, señaló que la inflación argentina está fuera de control y que podría escalar al 30% el año que viene.
¿Se puede atender el mensaje (el segundo, desde ya), diga quien lo diga? Más allá de que la inflación de 2011 sea del 30% o del 20% (no será, ciertamente, menor que esto último), una pauta devaluatoria anual de, exagerando, el 10% no evitará una apreciación importante del peso. Justo lo que quieren Barack Obama, Ben Bernanke y Dominique Strauss-Khan.
Nos salva, lo hemos dicho, que Brasil la está pasando peor, dado el masivo ingreso de capitales financieros y de otro tipo que ha derivado en un verdadero superreal. Brasil concentra la mayor parte de las exportaciones argentinas (20,6% del total, por encima de China, con el 10,9%), con el dato relevante de que, en el caso de las manufacturas, van a ese destino el 43% de las ventas del país. Insistimos: Brasil está más afectado por la guerra de divisas (ver gráfico), lo que nos salva en el corto plazo pero no en el mediano, y la inflación doméstica suma un ingrediente a una tendencia que puede terminar resultando perjudicial.
Es más, la primera declaración de Dilma Rousseff como presidenta electa apuntó a esta cuestión sensible, y su primer encuentro oficial con Lula da Silva tras el balotaje fue escenario para que el mandatario saliente le prometiera extremar los esfuerzos para paliar sus efectos. Datos que la Argentina debería comenzar a seguir con atención.
No se plantea aquí la idea del ajuste ni de la inflación cero, pensada como objetivo económico excluyente y obsesivo; es necesario buscar alternativas para reducir la tasa a niveles más razonables, que no pasen, claro, por los actuales métodos del INDEC.
El debate no debe girar entre librecambistas y megadevaluadores, unos y otros empeñados en distribuir la riqueza en sentidos poco favorables al consumo interno. El tema pasa por no hipotecar las perspectivas de crecimiento con un desprecio absurdo por el problema inflacionario. Que existe, lo diga quien lo diga.