Las elecciones del martes último en Estados Unidos mermaron severamente el capital político de Barack Obama, cuyo pecado, según el progresismo de ese país, fue no haber sido lo suficientemente “liberal” cuando podía serlo y haberse dejado chantajear en extremo por los republicanos y los centristas de su Partido Demócrata. Así, señalan, logró hacer aprobar la reforma de salud, pero sin la llamada “opción pública”, e imponer límites a las firmas de Wall Street, pero no lo suficientemente fuertes.
Si alguien, trazando una analogía indebida, pensaba que el presidente redoblaría la apuesta tras la derrota al estilo del Néstor Kirchner del 28-J del año pasado, se equivocó. El reflejo es virar todavía más al centro.
Así, dijo ayer en una entrevista con la cadena CBS que hay “una base” para acordar con la oposición (desde enero mayoritaria en la cámara baja) una prórroga de los recortes impositivos de George W, Bush, que vencen a fin de año.
Hasta ahora Obama se había negado a prolongar los beneficios fiscales otorgados a los estadounidenses más ricos, que ganan u$s 250.000 anuales. Sostenía que el esfuerzo fiscal debe concentrarse en las clases media y trabajadora, y que, de hecho, el déficit y la deuda pública no dan para mucho más.
Los republicanos coinciden en esto último, pero a diferencia de Obama son keynesianos para los ricos y ortodoxos para los pobres. Pues bien, la “base” del posible acuerdo pasa por la idea (conservadora) de prorrogar esos descuentos por dos años, lo suficiente como para llegar a las elecciones presidenciales y apostar a que un nuevo triunfo los haga permanentes.
Obama cede, claro, pero los republicanos no. Así, mientras el Presidente ensaya esa pirueta, éstos buscan la forma de revertir la extensión de la cobertura de salud a 32 millones de personas que no la tenían, aprobada anteriormente por el Congreso demócrata.
Para eso y a falta de la necesaria mayoría en el Senado, dijo ayer The New York Times, pretenden recortar el presupuesto necesario para el funcionamiento del nuevo sistema de modo de “revocarlo pieza a pieza, bloqueando los fondos para su implementación y la emisión de regulaciones necesarias para que funcione”, según palabras de Eric Cantor, número dos de la nueva mayoría opositora.
Acaso deba alegarse a favor de Obama que no existe agenda reformista cuando no hay un “pueblo” detrás que la sustente. Si quienes lo votaron en 2008 apostaron sólo a un eslogan (“sí, se puede”), si en el primer recodo del camino se declaran decepcionados y el pasado 2 de noviembre desistieron de ir a votar o directamente se pasaron a las filas de quienes iniciaron el actual incendio económico, laboral y social, es poco lo que puede hacer la voluntad de un solo hombre. Por más poderoso que éste sea.
Obama vira al centro (sí, otra vez)

