En marzo último, cuando Barack Obama intentaba reflotar las negociaciones de paz palestino-israelíes y pedía una moratoria en la construcción de viviendas para colonos judíos, y cuando el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, llevaba el mensaje en persona a Jerusalén, el primer ministro Benjamín Netanyahu se descolgaba justamente con una decisión que desafiaba ese reclamo. La crisis resultante en la relación fue inmediata y sin precedentes en décadas.
Ahora es Netanyahu el que visita Estados Unidos, justo en momentos en que (¿causalidad o causalidad?) Obama está de gira por Asia. Se reunió con la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y con el propio Biden, mientras en Israel se anunciaba un plan para construir 1.300 nuevas viviendas en la parte árabe de Jerusalén, que los palestinos reclaman como capital de su futuro Estado. Otro desdén, ¿otra crisis en puerta?
El gesto no puede ser fruto de la casualidad. No cuando se produce por segunda vez, cuando se conoce la postura adversa a la cuestión de la Casa Blanca y cuando Obama acaba de perder las elecciones de mitad de mandato.
La apuesta de Netanyahu y su canciller halcón, el ultranacionalista Avigdor Lieberman, es que el auge conservador reactive en Estados Unidos los mecanismos de presión proisraelíes y que, aun mejor, derive en dos años en un cambio de signo en el gobierno.
El gobierno de derecha de Israel no encuentra incentivos para modificar su postura y hacer un esfuerzo verdadero en pos de un acuerdo de paz cuyas bases son conocidas. La política de «separación física» entre Israel y los territorios palestinos (el «muro») ha sido eficaz, más allá de las posturas éticas que genere, en reducir al extremo la posibilidad de atentados terroristas. El statu quo hoy no representa amenazas ni necesidades de cambio.
El futuro, se sabe, es algo diferente. Es el tiempo en el que estallan los resentimientos acumulados y las cegueras del presente.