Se sabe que Barack Obama necesita generar oportunidades de negocios para las empresas estadounidenses y para los 15 millones de desocupados (casi el 10% de la fuerza laboral). Eso mismo hizo con su gira de tres días por la India, que culminó ayer, en la que cerró negocios por nada menos que u$s 10.000 millones, la mitad de los cuales correspondió a la venta de aviones de transporte militar, y dejó la puerta abierta para que las empresas estadounidenses participen en la prevista renovación de la flota aérea india (a un costo de u$s 10.000 millones más) y en el plan de modernización de la infraestructura nacional, cotizado en un billón de dólares para los próximos cinco años.
El tema es que obtuvo todo eso al “costo” de halagar hasta el hartazgo al premier Manmohan Singh (foto) y a la democracia más populosa del mundo, para desconfianza de China, el gran gigante económico emergente, y Pakistán, único país musulmán dotado de armas nucleares y que nunca se sabe si es un aliado imprescindible o un enemigo larvado de la Casa Blanca en la lucha contra Al Qaeda y los talibanes.
Dichos halagos incluyeron calificar a la India ya no como una potencia emergente sino una potencia en toda la regla, apoyar la pretensión de Nueva Delhi de sumarse como miembro permanente al Consejo de Seguridad de la ONU, venderle armamento y levantar las actuales restricciones para la transferencia de alta tecnología civil y militar.
Dos mensajes: a China, con la que Estados Unidos mantiene una relación de amor-odio y mutua dependencia (como lo testimonian estos días las peleas por las devaluaciones competitivas), y a Pakistán, cuya dureza contra el terrorismo dista de estar clara.
Al volcar su peso político y económico a favor de la India, Estados Unidos altera toda la geopolítica regional.