Irlanda, el “tigre celta”, uno de los mayores íconos del pensamiento económico único de los últimos años, está en la lona. La desregulación salvaje del mercado de trabajo, base de aquel “milagro”, jugó por largos años a favor de la acumulación de capital que fue el motivo de tantos elogios. Lo mismo el reducido nivel del impuesto a loas ganancias, que llevó a muchas compañías internacionales a radicarse allí. Ahora, cuando llega el ajuste tan temido, lo uno y lo otro jugarán decididamente en contra de las condiciones de vida de la población y de la solvencia del Estado.
Pese al auge reciente, la economía irlandesa es pequeña en términos europeos: algo así como el 1,5% del total. Esto debería limitar el daño de un posible efecto contagio, pero no es así por dos razones: por un lado, el comprometido estado de sus bancos afecta directamente a entidades de otros países europeos; por el otro, el “efecto manada” característico de los mercados financieros llevaría el desastre más temprano que tarde hacia los otros eslabones débiles de la cadena, Portugal en primer lugar, y, mucho peor, España, la cuarta economía de la eurozona. Italia, la tercera, encima en medio de una crisis política que se blanqueará con un voto de censura a Silvio Berlusconi el 14 del mes que viene, directamente aportaría un escenario de catástrofe.
En concreto, el “milagro irlandés” deriva hoy, dada la crisis y la recesión en curso, en un déficit fiscal monstruoso que, si se suman los 50.000 millones de euros destinados a “salvar a los bancos”, llega a… ¡un 32% del PBI! Nunca la Argentina, en sus peores momentos, superó los 15 puntos. Sin la ayuda a los bancos, la cuenta da un rojo de más del 14% del PBI, igualmente una barbaridad (ver gráfico de The Wall Street Journal).
Presta, solidaria, Gran Bretaña ya comprometió su aporte para salir al rescate del vecino, sumando esfuerzos con el Fondo y la UE para recaudar unos 135.000 millones de dólares.
Pese a esto, el gobierno irlandés asegura tener liquidez asegurada para pagar sus deudas hasta mediados de 2011 y resiste como a la peste cualquier idea de rescate de la Unión Europea y el FMI. Sabe cuáles serán las condiciones que vendrán en el paquete, posiblemente llevar el déficit fiscal del 32% actual a un 3% no más allá de 2014, un ajuste escalofriante y vertiginoso que implicará subir a una sociedad acostumbrada recientemente a mejores niveles de vida a una montaña rusa justo antes de la pendiente más pronunciada que se haya conocido jamás.
Igualmente, con el mercado cobrándole tasas de interés cercanas al 9% (algo insostenible y elocuente de la gravedad de la situación, ya que se da en un país que tiene nada menos que a Europa atrás como garante), 7 puntos de “riesgo” por encima del patrón regional alemán, la resistencia cederá más temprano que tarde. Es que hay mucho en juego y la presión también es política: bancos británicos tienen una exposición de 163.500 millones de euros en Irlanda (un cuarto del total para entidades extranjeras), seguido de los alemanes con 151.300 millones y los estadounidenses con 83.750 millones. Una buena de Angela Merkel: ¿hasta cuándo los contribuyentes de los distintos países (los “plomeros” de Paul O’Neill, digamos) deberán pagar los desastres generados por los bancos y los “inversores”, que más se engolosinan cuanto más elevados son los riesgos, pero que cuando viene la mala no tienen la más mínima vergüenza en eludir las consecuencias? Más que “rescates” monumentales y gravosos para los pueblos se debería comenzar a pensar en reestructuraciones de deudas, con quitas de capital y plazos más largos de repago, de modo que no sean siempre los mismos los que pierdan. Ojalá que la idea prenda.
El tema es que el fuego no alcance a España. Eso si es que lo que ocurre hoy en ese país no es ya un incendio en toda la regla.
Una vez más quedan expuestas las debilidades teóricas del pensamiento único económico. ¿Alguien hará autocrítica por haber desparramado tanto elogio tan, tan cerca incluso del desplome?
¿Dónde están ahora los apóstoles del "milagro irlandés"?

