La reacción del “mercado” fue negativa. Un paso por las urnas hace que el “rescate” de alrededor de u$s 120.000 millones (de los bancos, no de la población, que sufrirá enormemente el ajuste requerido) quede demasiado tiempo en el limbo
Atención a un detalle: hablar de u$s 120.000 millones no es poco para una economía como la irlandesa, hasta la crisis la de segundo PBI per cápita de la Unión Europea. El país cuenta con un PBI de unos u$s 260.000 millones, por lo cual el valor de la “ayuda” internacional (deuda futura) alcanza a casi la mitad de éste. Irlanda es, además, un país de apenas 4,3 millones de habitantes.
El problema es, ni más ni menos, que la democracia, en esta coyuntura, es un obstáculo a las necesidades del mercado, esto es de los bancos, especuladores e inversores varios, que no aceptan pagar su responsabilidad en la crisis, es decir, una quita de sus acreencias.
El sometimiento de la clase política al voto de una población furiosa, insultada en su tradicional orgullo nacionalista y temerosa de convertirse, otra vez, en una colonia, es de resultado impredecible. Por caso, el FF obtuvo en los comicios de 2007 el 41,6% de los votos, y hoy cuenta con una intención de voto de apenas el 17%. En el medio pasó una crisis atribuible exclusivamente a su liderazgo, a su apuesta ciega por el liberalismo a ultranza, la desregulación, la desprotección del trabajo y la timba financiera más cruda.
El FF, un partido de origen nacionalista y socializante devenido (no podía ser de otro modo) en liberal, gobierna ininterrumpidamente desde 1997, y el actual primer ministro Cowen fue, antes de convertirse en líder partidario y jefe de Gobierno, el ministro de Finanzas de los años de la burbuja y la euforia. No hay allí nadie más a quien echarle la culpa por una “herencia recibida”. Lector, no seas suspicaz: lo de “Fail” es en irlandés (Fianna Fail significa, según Wikipedia, “soldados del destino”; yo no tengo idea), no en inglés, por lo cual no implica ninguna profecía carrioísta finalmente cumplida. La evolución de las tasas de interés a 10 años a la que debe financiarse Irlanda es ilustrativa sobre la profundidad de ese «fracaso»:
La previsible beneficiaria del voto castigo sería la coalición entre Fine Gael (socialcristianos, conservadores e igualmente neoliberales) y el supuestamente centroizquierdista laborismo. Cabe esperar de allí una nueva apuesta por la “racionalidad” del ajuste. Pero el problema es que el mercado, mientras tanto, deberá esperar el resultado, aguantar las promesas de una renegociación del acuerdo cerrado por Cowen y rezar porque no surja de las urnas un genio imprevisto.
El problema es que el ajuste será feroz, aun más que en Grecia. Si en este país el déficit de 2010 recalculado al alza alcanzó al 9,4% del PBI y la crisis entró ya en la dinámica circular ajuste recesión, en Irlanda el rojo fiscal alcanza a un estratosférico 32% (18 puntos los aportó el rescate ya otorgado a los bancos, para alivio de sus pares británicos, demasiado expuestos en su otrora, ¿otrora?, colonia). Semejante cifra, más del doble de la jamás registrada por Argentina, aun en sus peores momentos de crisis, deberá reducirse (UE y FMI mediante) de manera vertiginosa al 3% entre 2011 y 2014. Algo que comenzará a ejecutarse en el Presupuesto 2011 que deberá aprobarse el mes que viene, antes del llamado a elecciones. Más dolor, más recorte de gasto social no puede imaginarse, todo, claro, sobre la base de un mercado laboral más que flexible que reflejará sin demoras la tendencia económica en términos de desempleo (hoy, como piso, llega al 14,1%) y caída del salario.
La democracia amenaza hoy las necesidades del mercado. No es la primera vez. Por eso la apuesta de estas horas es tan negativa.
Mientras, Portugal, España (ya un escenario de catástrofe financiera internacional) y hasta Italia (algo todavía peor) esperan en fila los próximos embates especulativos. Y el euro cruje como nunca, exponiendo prístinamente los riesgos de proclamar prematuramente el fin de los Estados nacionales, la necesidad de transnacionalizar las economías y transferir a instancias continentales el poder político y la consiguiente renuncia a las monedas propias. Necesidades del mercado, al fin, ajenas a la voluntad popular y que tienden a restar atribuciones a los gobiernos elegidos por el voto para depositarlas en instancias supranacionales, lejanas y burocráticas.
¿Pondrá la democracia, afincada naturalmente dentro de límites nacionales, freno a tanto dislate? Es, al menos, lo que muchos temen en estas horas.


