«¿Cuentan los políticos con el coraje necesario para que aquellos que ganan dinero compartan también los riesgos? ¿O es que negociar con deuda pública es el único negocio en el mundo que no pude implicar riesgos? Se trata de la primacía de los políticos y los límites de los mercados». La frase pertenece a la jefa de gobierno alemana, Angela Merkel, que, como se sabe, no es ni izquierdista ni una “ultra-eurokirchnerista”. Es simplemente alguien que sabe que el descontrol de “los mercados” (esa entelequia nominal tras la que se ocultan grandes bancos de inversión, fondos especulativos y agentes de bolsa) ha llegado demasiado lejos, que el sacrificio que representan los ajustes exigidos a los países “rescatados” ya exceden lo política y socialmente tolerable, y que el esfuerzo fiscal que se reclama a los contribuyentes de los países europeos centrales constituye ya un suicidio político para sus gobiernos. Y algo acaso más acuciante: el dinero que pueda reunirse ya no alcanza para todos. Si a Irlanda la sigue Portugal, España, la primera economía grande que podría pasar a depender del socorro continental, simplemente podría encontrar que los recursos pedidos ya no existen.
Lisa y llanamente, la conservadora alemana, más ortodoxa que nadie, pide que quienes se han beneficiado de la timba financiera, apostando por las altas tasas de interés que pagaban deudas nacionales acaso incobrables, se hagan cargo de los riesgos que sabían que corrían. Y que sean llamados a una convocatoria de acreedores. Algo parecido a una salida argentina a la crisis.